CONTEXTO HISTÓRICO: Dos grandes edificios en su vida.
“Todas las órdenes de regulares, monacales, mendicantes y clericales existentes en los dominios de España que dan suprimidas; y los individuos de ellas, en el término de quince días, contados desde el de la publicación del presente Decreto, deberán salir de sus conventos y claustros y vestir hábitos clericales seculares”.
El 26 de agosto del mismo año, otro decreto ordenaba reunir todas las bibliotecas y bienes suprimidos en el convento de la Trinidad. Como el plazo dado era de quince días para “salir de sus conventos y claustros”, nos es dado suponer que el Colegio de Doña María de Aragón también estaba llamado a desocuparse, y sus moradores a mezclarse entre el gentío madrileño. Una guía publicada en 1815, pero comenzada su redacción un par de años antes, menciona el Colegio de doña María y lo da por “arruinado”. En efecto, una parte del Colegio había sido derruida, corriendo la misma suerte que otros colegios y conventos de la villa madrileña. No fueron excepción los conventos agustinos, el de San Felipe el Real y el de San Agustín, éste de agustinos recoletos, al ser saqueados e invadidos, adueñándose los franceses de cuanto en ellos de valor encontraron.
Antes de la salida de los franceses de Madrid, de “José y los suyos”, en palabras de Benito Pérez Galdós, se apropiaron de una:
“... cantidad fabulosa de cuadros, estatuas, joyas de camarín y sacristía, dejando a las Vírgenes y Santas sin un anillo que ponerse, establecieron cuatro depósitos en Madrid, los cuales fueron el Rosario, [convento de] San Felipe [el Real], [Colegio] Doña María de Aragón y San Francisco. Una comisión separó lo sublime de lo bueno, y no siendo fácil llevarlo todo, dispusieron atropelladamente lo primero en cajas, mezclando lo sagrado con lo profano, es decir, las bellas artes con los enseres de la casa y cocina del rey José, y diversos adminículos que éste para diferentes fines usaba. Muebles, porcelanas, vajillas, armas, añadiéronse al botín. Considerando que aún después de tanto despojo queda en España alguna cosa de punto inútil, según ellos, dada la ignorancia castellana, echaron mano a las colecciones mineralógicas del gabinete de Historia Natural, y embaularon también los depósitos de Ingenieros y de Artillería y el Hidrográfico. De Simancas cargaron con lo más curioso que allí había. Aquella gente hasta la historia nos quiso quitar”.
Una vez concluida la Guerra de la Independencia, las Cortes elegidas tras la aprobación de la Constitución de Cádiz de 1812 se trasladaron a Madrid. Entonces los poderosos “fingieron” que necesitaban el Colegio de doña María de Aragón para asuntos políticos, tanto el Colegio como la iglesia, y acto seguido dieron comienzo los trabajos de adaptación. Los entusiastas constitucionalistas no se dieron cuenta de los tesoros artísticos y espirituales que poseía la iglesia. Por entonces algunas obras de arte debieron desaparecer para siempre. Los políticos se “apoderaron de ella [la iglesia] en el día 19 de septiembre de 1813”. Unos pocos meses después ya estaba habilitada de urgencia la iglesia para Salón de las Cortes nacidas en Cádiz, de estructura unicameral. Los diputados acordaron que la primera sesión tenida en él fuese con motivo de la conmemoración de la fecha heroica del 2 de mayo. Dos días después Fernando VII declaraba abolida la Constitución de 1812, las Cortes y toda la obra del régimen liberal, sin embargo, el precedente de celebrar en la iglesia de doña María de Aragón las sesiones ya estaba creado, lo que con el tiempo sería la sede del Senado español. Antes que esto sucediera, con motivo del abandono de la Constitución de Cádiz, el 11 de mayo de 1814 se levantó un tumulto popular y el Salón de las Cortes “fue destrozado por el populacho, y arrastradas las estatuas y emblemas alegóricos, y la lápida que renovaba el artículo de la misma Constitución " . La potestad de hacer las leyes residen en las Cortes . con el Rey’ De mayo de 1814 a marzo de 1820 España estará sin Cortes. El 21 de mayo de 1814, Fernando VII ordena restituir a las órdenes sus bienes. Las devoluciones se organizaron a través de una junta creada al efecto en cada Audiencia. Los agustinos regresaron al Colegio para reanudar la labor docente.
Las revueltas liberales iniciadas con el pronunciamiento de Riego en 1820 daban fin a una época, iniciando un periodo de tres años de agitación política. Los acuerdos de las Cortes de Cádiz referidos a la exclaustración y desamortización de los bienes eclesiásticos volvieron a hacerse efectivos en el trienio liberal, 1820-1823. En este tiempo llegará el primer ensayo general desamortizador eclesiástico, y que afectaba directamente a las órdenes religiosas. El decreto de 7 de mayo de 1820 prohibía cualquier profesión religiosa en los conventos de regulares, y la venta de propiedades de las mismas hasta la reunión de las Cortes. Con la ley de 25 de octubre de 1820, los bienes de los monasterios y conventos suprimidos o reformados pasan a ser considerados bienes nacionales y susceptibles de ser vendidos en subasta pública. Esta nueva situación política determinó la pérdida del Colegio de doña María de Aragón y abandono de los religiosos de su casa religiosa, lo que significaba el cese de las labores docentes, para dar paso a la actividad parlamentaria.
El padre Enrique Flórez había tomado como discípulo suyo al Padre Manuel Risco para acompañarle en sus viajes y trabajos históricos. Tras su muerte fue sustituído por este en la redacción de su inacabada España Sagrada. Por entonces era jefe de Estudios del Colegio de doña María de Aragón. El año 1800 se le relevó de este trabajo, como había pedido, alegando su falta de salud, y acabó sus días en el Convento de San Felipe el Real, el 30 de abril de 1801. Le sustituyó Juan Fernández de Rojas, del mismo convento.
Cuatro años estuvo Antolín al lado del continuador de la Historia Sagrada, aumentando en ellos considerablemente el caudal de sus conocimientos y hubiera permanecido a no haber creído sus Prelados que seria mas útil en el Colegio de Doña María de Aragón para comunicar a la juventud agustiniana, que en el concluye su carrera escolástica, las luces y el buen gusto literario en que sobresalía, pensamiento digno del ilustrado celo de los que gobernaban la Provincia, pero que separaba a Antolín de una empresa en que hubiera dado honor a la Orden. Obedeció al mandato superior, y fue muy útil su permanencia en dicho Colegio, pues propagó el estudio de la literatura eclesiástica y aun el de la buena filosofía, en cuyos principios estaba empapado. Así se introdujo entre los Agustinos el gusto de la Filosofía moderna, y los actos que por entonces defendían en el Colegio de Doña María de Aragón daban a los periodistas asuntos de reflexiones y de elogios. Posteriormente, siendo rector del colegio, introducirá el estudio de las Matemáticas como asignatura necesaria en la formación académica de los seminaristas agustinos. Habiendo cumplido el período legal de docencia, obtuvo el grado académico de maestro, que recibió en 1789, volviendo a dedicarse intensamente a la investigación de las antigüedades de la Iglesia española, como compañero del padre Risco, con el que visitó muchos archivos y trabajó sobre fuentes directas.
Así se ha propagado hasta nuestros días (y más habiendo establecido el mismo Fr. Antolín cátedra de Matemáticas en dicho Colegio), hasta que la emulación y la ignorancia, de acuerdo, han logrado cerrar las de Filosofía en él. Pasó, pues, al colegio en donde promovió el estudio de la literatura eclesiástica y aún de la Filosofía. Como eran bien conocidas sus luces en este ramo, la Provincia, en el Capitulo celebrado en el año de 1779. El Padre Antolín había tomado el hábito el 9 de enero de 1765 y, profesando un año después, siendo trasladado al Convento de Salamanca para cursar Teología —muy influido entonces por la obra del agustino Lorenzo Berti— y que él simultaneó con el estudio de Griego y Hebreo. Posteriormente se presentó a las oposiciones de lector en el colegio agustiniano de Doña María de Aragón de la Corte (sede del Senado), obteniendo la plaza del Convento de Toledo. Dadas sus cualidades, en 1775 los superiores le asociaron al proyecto historiográfico de la España Sagrada, del que, tras la muerte del padre Enrique Flórez, había sido nombrado continuador el padre Manuel Risco, y a esta empresa se dedicó con ilusión y entrega, siendo su primer trabajo el estudio de las Sentencias de Tajón que se publicaron en el tomo XXXI y la edición de las Obras de san Isidoro de Sevilla, de Ulloa; fue además profesor de Filosofía en el colegio madrileño de Doña María, adonde fue traslado hacia 1777 desde el Convento de San Felipe el Real (Puerta del Sol-calle Mayor) y donde desempeñó el cargo de regente de estudios.
San Felipe el Real
La invasión napoleónica significó la destrucción del gabinete de historia natural, de muchísimos manuscritos, lápidas, monedas, relieves, cuadros, destrozos por todas partes mientras el templo servía de cuadra para los caballos. El ejército francés, por orden de José I, expulsó a los novicios, invitó a los religiosos a abandonar la vida religiosa e impuso la reducción de conventos. Concretamente, en Madrid se suprimieron veinticinco de los treinta y siete existentes. Al decretar la supresión de las órdenes religiosas se dio carta blanca al saqueo y muchos cuadros acabaron subastados o en museos de Francia y de España. En total, más de 1500 cuadros de dieciocho conventos, ochenta de ellos de San Felipe. Los religiosos fueron ahuyentados o asesinados y se dio al traste con aquel florecimiento científico y literario. Al regreso de Fernando VII se intentó volver y reparar lo destruido, incluso se juró la Constitución de 1812. Pero un nuevo mazazo aguardaba. El trienio liberal dictó diez leyes que asfixiaron los conventos (enajenación de fincas, expulsión de los jesuitas, supresión de conventos, apropiación de edificios por parte del Estado, etc.). Exclaustración es la salida voluntaria o forzosa de religiosos que viven en un convento. Desamortización es la usurpación de bienes propios de un convento u Orden religiosa. “Ahora bien –declara Mediavilla-, si el Estado persigue apoderarse de los bienes materiales, principalmente de fincas rústicas o urbanas con el fin de recaudar fondos para ajustar sus cuentas, no era necesaria la exclaustración. Luego de donde se deduce que, además de la usurpación de estos bienes materiales, se escondía también otra intencionalidad menos manifiesta, es decir, el anticlericalismo”
Juan Álvarez Mendizábal, de origen comerciante y posiblemente judío, entendía la política como negocio (no para sí mismo pues murió en la pobreza) y vendió muy bien la imagen de la desamortización. El procedimiento fue de subasta de propiedades en grandes bloques con lo que fueron a parar a manos de la aristocracia y de especuladores. Los pobres no saldrían de su pobreza. Saltándose el derecho a la propiedad privada, lo que era “de manos muertas” pasó, como suele suceder, a “manos ricas”. Expulsados los religiosos, incautados sus bienes, robados sus bienes artísticos, se procedió a subastar unos edificios y al derribo de otros, entre ellos San Felipe, a pesar de la opinión en contra de la Academia de San Fernando, de varias instituciones y de intelectuales.
Su demolición sirvió para perder un patio y claustro únicos, ensanchar la calle y vender toda la finca a un precio mucho más bajo de su valor. Fue adquirida por Santiago Alonso Cordero, concejal del ayuntamiento madrileño, quien edificó un inmenso bloque de viviendas. Sin comentario. Hoy día, en la planta baja del edificio, bajo arcos que formaron parte de un convento tan señero en la Historia, se encuentran instaladas máquinas tragaperras y electrónicas. Todo un símbolo.
El mentidero de la villa
Las gradas pertenececían al templo de San Felipe que se construyó en 1546 en la confluencia de la calle Mayor con la Puerta del Sol con la oposición del Ayuntamiento que no quería otra institución mendicante en la ciudad, pero gracias a la mediación del rey Felipe II se llegó a construir.
San Felipe debe su fama a su lonja y mercado, cuyos puestos se situaban en los huecos abiertos en su plano inferior y, sobre todo, por ser el principal Mentidero de la Villa, escenario tantas veces mencionado en la literatura del Siglo de Oro.
En el tomo I de la saga El capitán Alatriste, del escritor y académico Arturo Pérez Reverte, en el capítulo IX, recoge y refleja de forma significativa el trasiego de información de todo tipo en las covachuelas bajo las gradas del célebre convento:
«Las gradas formaban la entrada de la iglesia, y por el desnivel con la calle Mayor quedaban elevadas sobre ésta, constituyendo por debajo una serie de pequeñas tiendas o covachuelas donde se vendían juguetes, guitarras y baratijas, y por encima una vasta azotea a la intemperie, cubierta de losas de piedra, en forma de alto paseo protegido con barandillas. Desde aquella especie de palco podía verse pasar gente y carruajes, y también pasear y departir de corro en corro. San Felipe era el sitio más animado, bullicioso y popular de Madrid; su proximidad al edificio de la Estafeta de los correos reales, donde se recibían las cartas y noticias del resto de España y de todo el mundo, así como la circunstancia de dominar la vía principal de la ciudad, lo convertían en vasta tertulia pública donde se cruzaban opiniones y chismes, fanfarroneaban los soldados, chismorreaban los clérigos, se afanaban los ladrones de bolsas y lucían su ingenio los poetas. Lope, Don Francisco de Quevedo y el mejicano Alarcón, entre otros, frecuentaban el mentidero. Cualquier noticia, rumor, embuste allí lanzado, rodaba como una bola hasta multiplicarse por mil, y nada escapaba a las lenguas que de todo conocían, vistiendo de limpio desde el Rey al último villano. [...]Discutíanse en sus corrillos los asuntos de Flandes, Italia y las Indias con la gravedad de un Consejo de Castilla, repetíanse chistes y epigramas, se cubría de fango la honra de las damas, las actrices y los maridos cornudos, se dedicaban pullas sangrientas al conde de Olivares, narrábanse en voz baja las aventuras galantes del Rey.. Era, en fin, lugar amenísimo y chispeante, fuente de ingenio, novedad y maledicencia, que se congregaba cada mañana en torno a las once; hasta que el tañido de la campana de la iglesia, tocando una hora más tarde al ángelus, hacía que la multitud se quitase los sombreros y se dispersara luego, dejando el campo a los mendigos, estudiantes pobres, mujerzuelas y desharrapados que aguardaban allí la sopa boba de los agustinos. Las gradas volvían a animarse por la tarde, a la hora de la rúa en la calle Mayor, para ver pasar a las damas en sus carrozas, a las mujeres equívocas que se las daban de señoras, o a las pupilas de las mancebías cercanas –había, por cierto, una muy notoria justo al otro lado de la calle–: motivo todas ellas de conversación, requiebros y chanzas. Duraba esto hasta el toque de oración de la tarde, cuando, tras rezar sombrero en mano, de nuevo se dispersaban hasta el día siguiente, cada uno a su casa y Dios a la de todos».
El Mentidero de San Felipe el Real fue testigo, juez y parte de importantes sucesos que conmocionaron la vida madrileña. Destaca sobre todos ellos el asesinato del conde de Villamediana sucedido justo enfrente de sus gradas.Un incendio producido en 1818 y la desamortización de Mendizábal supusieron su decadencia hasta que, el 13 de febrero de 1836 se ordenó su demolición. Su lugar lo ocupa actualmente las llamadas Casas de Cordero que se terminaron de construir en 1845.
Fue de los primeros religiosos que volvió al Convento de San Felipe y se encontró la desolación por asiento en aquellos ámbitos; comenzó a limpiar y a recuperar lo que había sido incautado a los regulares y depositado en el convento de los trinitarios, especialmente lo del padre Flórez que el bibliotecario Juan Almanzón, conociendo su procedencia y valor, había colocado en lugar aparte. Nada más concluir la Guerra de la Independencia, los agustinos se aprestaron a restaurar la vida religiosa y las tareas que mantenían antes de la invasión napoleónica; en el capítulo provincial de 1815 se encomendó al padre Merino que continuase con la edición de la España Sagrada, al tiempo que la Real Academia de la Historia le nombraba académico supernumerario, poniendo a su disposición los ricos fondos de su biblioteca para continuar con el magno proyecto; el 31 de marzo de 1815 tomó posesión de su cargo académico.
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