Giran Los Ramones incontenibles en el casete plateado. Vibra el altavoz tras la rejilla y mi pluma baila con su ritmo: ¡Hei, hei, hei-hei-hei! Vuelven los acordes facilones: pegan fuerte Los Ramones, me producen sensaciones, increíbles emociones, Los Ra-Ra-Ramones. La guitarra a contra ritmo del bajo (sigue la batería imperturbable) y la voz rara y monótona ahora se emociona levemente. Como un leñador con su madera el batería machaca su caja, el coro se funde en una voz…
Y empiezan otra vez. Ritmo fuerte, acordes a presión, cana el solista, desgrana las fáciles escalas, como recitando un poema… Siguen los acordes de dos segundos y una enojosa sensación de rallado sabiamente mezclada.
Una cierta dulzura en la nueva melodía se escapa ahora de la voz enronquecida: melodía enternecedora, un desgarrado grito de tristeza. La voz le tiembla, vibra de emoción. Imagino letras preciosas. Seguro que habla de una chica bonita, sencilla, de ojos victoriosos y mirada cobarde… La guitarra toca bajito, lo importante es la voz…. se pierde el sonido… se van… se van… acariciando por última vez el oído.
Pero vuelven otra vez y se ríen de ti con el cua-cua y el ritmo incontenible que estremece las membrana de los bafles. Distorsiones efectistas acaramelan las últimas notas y sigue el cua-cua que acaba con un horrible estallido.
Un, dos, tres, ¡caña! de nuevo la batería es un rápido reloj. Ya está. La melodía se repite y la rítmica se torna conservadoramente fácil. Están otra vez rayando el disco. Insulta el solista a la guitarra y esta le responde histérica. Un, dos, tres, cuatro, cinco, ¡seis! Ahora van fuerte con el ritmo pero la melodía se apodera de la cinta. Diez trenes pasan por la estación y el solista despide un talgo imaginario; la ciudad atormentada en hora punta. Él grita desde la soledad, lleno de desgarradora ternura… Los agudos ahora, aceleran los latidos, la herida del cuchillo va directa a la garganta, un sabor ácido a limón me baña los dientes, un afilado cuchillo penetra en mis oídos. El solista se pierde entre los ruidos de la percusión y de la acústica y su voz, apenas perceptible, adrede impotente, se suicida voluntariamente, desde el botón del volumen.
Otra más: Un, dos, tres… vuelve de nuevo silabeando las palabras como golpes de batería. El ritmo tan ligero se vuelve lento, la distorsión, rápida y hábil, recuerda el canto gregoriano. El bajo y la acústica se dan la mano y corren juntos por la escala jugando a ganar una veloz carrera. El sonido es opaco, apenas lo traspasa la voz del batería haciendo la cuenta atrás para la próxima salida: ¡One, two, three!
La moto se ha puesto en marcha, la primera, la segunda, las cuerdas azotan la guitarra y su aullido aterrador: violencia y distorsión, es un grito de odio, un grito de angustia, de socorro.
Después parece que el herido ha muerto y sus ayes se hunden lentamente en el fondo de un río. Me tiembla la mano al compás de una inesperada canción de amor. De nuevo la emoción navega a raudales por los cables del control. ¡A love you! , ¡A love you! El ritmo se serena, la batería se oculta con respeto el bajo se pierde en este bosque y suena lejano y triste… Van ya veinte ¡A love you! y se aproxima el fin con distorsiones de la rítmica y el bajo burlón en el último te quiero, riéndose del último beso, dado momentos antes de un solitario, salvaje y prolongado: ¡A love you!
La gigantesca respiración de un dragón herido abre esta pieza que deriva en frenética lucha acompañada por destrozos en toda la cueva culpa de la batería enloquecida. Otra vez la cuenta atrás. Al fondo ruge un mar furioso batiendo contra la playa. Una voz perversa, ferozmente afectada, grita algo provocativo y lo repite con excitada agresividad. En este mar de wisqui sobrenada el punteo empujado por la distorsión inevitable, los perversos gallitos del solista siguen alimentando equívocos, los pies no pueden parar…
Aplausos, cuenta atrás y …¡caña!
La olla está a punto de estallar, la ventana vibra fuertemente. Una voz de cristal estalla en monosílabos y se estremece con una brisa extraña. La batería imperturbable. El solista vuelve a sus desafinadas melodías. La rítmica sigue siendo caracola de mar. Vuelven las órdenes de mando sobre las tropas oyentes. Su mensaje incomprensible, su inglés desconocido, su sonido dislocado… Vuelven como niños traviesos que juegan y son jugados.
Sólo acierto a dibujar, ninguna palabra tiene sentido; el único genio que me asiste es el mal genio. ¿Y con esto quiero hacer el poema perfecto?
Hasta el lápiz siente alergia al roce en el papel. No, hoy no es mi día, la página noventa y ocho no merecerá ser leída.
Noventa y ocho páginas agotaron el genio de veinte años y no hice más que repetirme. La búsqueda de la poesía perfecta se convirtió en el viaje a la nada.
Convocaré al azar: abriré un libro de Machado y buscaré inspiración: “… y en la página siguiente los ojos de Guadalupe cuyo color nunca supe…” ¡Cielos, es terrible, es desolador, no comprendo…! Probaré Miguel Hernández: “Rumorosas pestañas de los cañaverales. Cayendo sobre el sueño del hombre hasta dejarle el pecho apaciguado y la cabeza suave” Algo entiendo, no soy lerdo.
Bien ya puedo empezar:
“Quisiera ser espejo para verte y tus momentos más ocultos hacer míos, ser beso de sol sobre tu frente y viento cálido hablándote al oído; decirte entonces lo que no he podido y en el rubor de tus mejillas consolarme; en abrazo de amor quedar fundido con tu carne, sin soltarme, eternamente!" En fin, ni es poesía perfecta, ni nunca la ha habido, ni nunca la habrá sobre un papel. Tú, por ejemplo, o yo; sí, tú y yo, somos dos poesías perfectas.