Esta historia la contaban nuestros bisabuelos. Ocurrió hace unos 150 años.
"Cierto día un paisano de Ayuela llamado Andrés "El Pipa" llevó una yegua a pacer a la orilla del río, en un lugar entre Bernuyo y La Venta, donde las aguas se ensanchaban y formaban el llamado Pozo del Dujo. La yegua se espantó. Marchó corriendo y cayó a la poza que formaba el río. El Pipa intentó sacarla pero no pudo y cayó él mismo en esa poza.
Esto piensan las gentes de Ayuela que sucedió. Lo suponen porque la yegua llegó sola al pueblo. La mujer del Pipa aún esperó que llegara su marido pero no venía. Fueron a buscarle y no le encontraron.
Hubo alguno que aconsejó ir a por la Vela María, ponerla en una tabla y dejarla en pozo (la vela María era la última que se apagaba cuando había Oficio de Tinieblas y tenía fama de muy milagrosa). Dejaron la tabla en el río y se movió flotando por el agua. Poco después la vela quedó finalmente inmóvil en un determinado lugar. Buscaron allí y encontraron al Pipa ahogado en ese punto.
Desde entonces el Pozo del Dujo se le conoce también por el Pozo de la Yegua. Hasta hace pocos años había allí una gran piedra con una inscripción que daba cuenta del suceso. Tras la concentración parcelaria dicha piedra desapareció.
Pasaron los años y el recuerdo del Pozo del Dujo (o de la Yegua) parecía dormirse en la memoria de las gentes de Ayuela. Sin embargo cuando se acercaban hasta allí aún notaban encogerse el corazón con un sentimiento entre la reverencia y el miedo.
A finales del s. XIX un trágico suceso vino a remover las aguas del pozo y de los recuerdos. Leoncia Martín, vecina de Ayuela y viuda con hijos, se encontraba cierto día en la cuadra de su casa afanada en sus diarios quehaceres. Unos desconocidos -posiblemente vecinos del pueblo que le querían gastar una broma- se apostaron en el lugar para asustarla. Con ruidos extraños y voces de ultratumba le aterrorizaron de tal manera que la pobre Leoncia perdió la razón. Varios años estuvo trastornada sin que ninguno de los remedios que intentaron lograra sanarla. Cuentan que se pasaba los días enteros sola y sentada en unos cercados que había cerca de su casa. Consultaron a médicos y especialistas y ninguno logró que volviera a la cordura. Hasta que un día, un médico amigo de la familia, les sugirió como último recurso una solución tan original como terrible: "Si un susto la volvió loca, sólo un susto tan grande o mayor la curará".
Apenados y, casi desesperados, los hijos decidieron jugar esta última carta con gran dolor de su corazón. Prepararon cuerdas, mantas, reconstituyentes y el crucifijo. Luego fueron a buscar a su madre y la llevaron con engaños hasta el pozo de la Yegua. Cuando estuvieron en la misma orilla la arrojaron dentro. Leoncia -sorprendida y desesperada- reaccionó en ese mismo instante pidiendo socorro y suplicando que le ayudaran. Con grandes voces aseguraba que estaba cuerda y que quería salir. Muy contenta se abrazó a sus hijos que la cubrían con una manta y lloró agradecida. Desde aquel día Leoncia recobró completamente el conocimiento y siguió su vida normalmente. Se volvió a casar y tuvo algunos hijos más."
He dividido esta leyenda en dos partes. En la primera cuento la historia de "El Pipa". La canción sigue bastante fielmente el texto de la leyenda.
Finalizado el canto se apagaban todas las luces de la iglesia; las imágenes estaban tapadas con telas moradas, el altar desnudo, solo se mantenía junto al altar encendido el «tenebrario», especie de candelabro en forma triangular con 15 velas que a medida que avanzaba la oración estas velas se iban apagando cada salmo hasta quedar únicamente encendida la vela más alta del candelero «la Vela María», esta vela no la apagaba el sacerdote, sino que la sostenía en la mano y la protegía con la capa para ocultarla bajo el altar. En ese momento quedaba la Iglesia completamente a oscuras «en tinieblas» (de ahí el nombre de este Oficio), y comenzaba el ruido ensordecedor de las carracas, matracos y golpes en las tarimas de la Iglesia, simbolizando el cataclismo que sobrevino a la naturaleza en la muerte de Jesús.
Y ahora entra en juego la misión de la Vela María, curioso rito contra el Diantre, Demontre o Diablo.
En los Oficios del Jueves Santo, al tocar las campanas como señal de duelo por la muerte de Cristo, a partir del Gloria quedaban «cotas las campanas» enmudecen hasta el Sábado Santo en la Vigilia Pascual, se convocaba a los fieles a través de carracas y matracos tocados por los monaguillos calle a calle.

También en algunos pueblos las tormentas eran conjuradas al escuchar el primer trueno con la vela que había ardido ante el Señor durante el Jueves Santo, si, nuestra Vela María. La costumbre de prender la vela en días de tormenta persiste todavía en muchos hogares alistanos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario