Las tormentas, ese espectáculo catastrófico que a veces ofrecen los pueblos y que la gente vive entre admirada y sobrecogida, son un buen motivo para hacer una canción. Forman parte de la épica de estas pequeñas localidades y rara es aquella que no guarda recuerdo de alguno de estos dramáticos fenómenos de la naturaleza: lluvias torrenciales, riadas devastadoras o un pedriscos catastróficos.
LEGUACHERO INTELIGENTE
Sucedió por los años cincuenta, en Arenillas de San Pelayo. Y creo que habrá sucedido en otros lugares más, pero como no tengo noticia de ello, quiero contarlo como caso único. Por lo menos eso me pareció a mí.
Era un día de Mayo, con el sol picarte como sarna. Por el lado de “conventos”, las nubes engordaban más que deprisa. Hasta el menos avispado pronosticaba que el aguacero estaba cocinándose. Ya faltaba menos de un puño de sol, cuando se largó sin previo aviso, uno de esos zurriagazos de agua que llegan sin avisar y calan todo y no benefician a nadie.
Los pastores de ovejas, vacas y yeguas los temen sobre manera. Pues es el caso, de que por el “puerco” (que ese año estaba de barbecho), andaba el Sr. Gabino pastoreando la yeguada del pueblo y le pilló de lleno, sin darle tiempo de bajar a la cañada a resguardarse bajo las chopas.
Como sucede siempre al rato del aguacero, los caracoleros ya estaban preparando el “carburo” para salir a la noche en busca los tempranos y exquisitos caracoles.
Pero los chiguitos, (era el caso mío) nos adelantábamos por aquello de que por la noche andaban los “Sancamantecas”.
Andaba yo por los arroyos de la vega mirando los caracoles y también pensando cómo habría capeado la lluvia el Sr. Gabino. Seguramente estará calado hasta la corita. Pero cual fue mi sorpresa, al acercarme y ver que tenía la ropa seca como nido de golondrina.
Al preguntarle cómo había hecho para no mojarse me respondió que se había metido debajo de una yegua. No me la creí, e insistí, porque para mí era como un milagro.
Y me dijo: –pues muy fácil. Me quité la ropa, la metí en el zurrón de cuero con zapatos, boina y todo, me senté encima de ella, esperé que pasara el nublado y aquí me tienes seco y salvo.
Donato Vargas marcos.
En nuestro pueblo de Ayuela, tenemos una muy bien contada por Conrado. Se aprecia que conocía bien el pueblo y vivió con intensidad aquellos acontecimientos. Hay que agradecerle que plasmara sus recuerdos en este relato magnífico por lo preciso y lo breve. Como diría Donato Vargas en esa tormenta se juntaron los tres vientos con su carga de nubes a cuestas y la emprendieron a puñetazos: "los del Norte, al cual dan los nativos el nombre de “cierzo”, frío siempre aún en varano. El que sopla del Oeste lo llaman “gallego” y es más cálido que el anterior. Y el que a veces sopla del Sur lo llaman de “abajo”, el cual da con frecuencia lluvias provechosas para los sembrados." Veamos como lo cuenta Conrado:
Amigos: un día se me ocurrió escribir algo que vivimos en Ayuela cuando eramos pequeños y estabamos en la escuela, un recuerdo casi imborrable en la mente de un niño de entonces. Varias veces lo he comentado con los mayores del lugar y muchos lo recordaban (los hay que ya no están entre nosotros ) más o menos como lo he descrito. Me agradaría que alguien que recuerde algo más o quiera corregir algo lo haga. Saludos.
Conrado.
LA TORMENTA DEL SEÑOR OBISPO
Era el mes de junio de 1956. Hacia el 13 de junio. Los chicos y las chicas de entonces estábamos en la escuela. Ya no era unitaria, había una clase por cada sexo, y en ese mes solo teníamos clase intensiva, es decir, por la mañana nada más. Por las tardes ayudábamos en tareas agrícolas: sembrar patatas, ayudar a recoger o a segar algún saco de hierba para el burro o para las vacas, etc. Preparábamos con banderas y banderines de trapo y papel la presencia airosa del señor Obispo (creo que era el gallego D. José Souto Vizoso). Visitaba la parroquia de Ayuela y había que agasajarle como se hacía en todos los pueblos de la católica España de entonces. Era importante tenerle contento para que desde su posición de poder ayudara al pueblo. Necesitábamos obras en la iglesia y la torre estaba sin terminar.
Los mozos y mozas construían arcos cuasitriunfales para el acogimiento del Prelado. Los hombres, en trabajo comunitario de “huebra” limpiaban de moñigas las calles, así no corría peligro de que manchara sus zapatos y el pueblo quedaba orgulloso de haber recibido al señor Obispo como él se merecía. Era la cultura de entonces y nadie ponía ninguna objeción ni se dudaba de que hubiera que hacerlo de otra manera.
A media mañana (el Obispo vendría a las 6 ó a las 7 de la tarde aproximadamente) recibíamos en la escuela de amarga noticia de la muerte del Señor Pedro (padre de Desusa y María). Aún así, a mediodía los preparativos estaban ya acabados. Las calles pulcras mostrando sus encantos naturales con cantos rodados rejunteados con la tierra de la naturaleza. El arroyo (la arroyo se decía en Ayuela) seco en esos días discurría por medio de todo el pueblo y servía para regar los huertos del pueblo con el agua del río Valcuende con su presa en los Zalcillos.
Y negros nubarrones se acercaban por doquier, de la Majadilla (dirección Valderrábano.) Una nube con fuego y truenos se acercaba. Otra venía de Tabanera, llevaba dirección este rozando todo el campo de Ayuela (se ve que los de Tabanera la alejaban de su terreno asustándola con cohetes y toques de campana). Pero la más potente y temida aparecía por Bajispillo. El encuentro entre las tres era de lo más temido por los viejos del lugar. Y a eso de las 3 de la tarde se armó un cisco que a todo el pueblo atemorizó y amedrentó… Y no piensen, no, que es mentira, que lo cuenta quien lo vio. El nubarrón de Bajispillo chocó con el que venía de Valderrábano juntándose al de Tabanera y en Ayuela se armó la gran HECATOMBE; descargaron tal cantidad de rayos y truenos que hasta los más incrédulos y ateos ese día invocaban a Dios.
Donde hoy está el caño (en la plaza del pueblo) existía por entonces el “palón” de la luz: era el poste de madera desde donde se distribuía la pobrísima luz de Tablares para las distintas casas del pueblo (por cierto, solo permitían una bombilla por vivienda); hasta que al año siguiente llegó ya la “Industrial leonesa”. Allí, en el palón de la luz vimos caer un rayo como un sol que se derritió al instante y un estruendo portentoso que hizo estremecer hasta los muros y paredes de adobes.
Teófila Díez, que fue a recoger ropa tendida en los alambres sintió una gran sacudida eléctrica que casi le quedan las manos pagadas al alambre. Abilio Diez, que venía con su yunta mixta (vaca-buey) el rayo tiró al suelo a uno de los animales. Esperanza y María Luisa, que por entonces tenían 12 ó 13 años (no entendían todavía ni de rimel ni maquillajes pero estaban hechas un primor), salían llorando a moco tendido porque al apagar o encender la luz les había pegado un enorme latigazo eléctrico. Andrea Fontecha y su hija Dolores venían de sacar cardos de las tierras. Al caer el rayo, como traían la azada al hombro, sintieron una gran sacudida eléctrica en todo el cuerpo. Un caballo que estaba atado en el corral de Teófilo, en el momento del estruendo del trueno dio un enorme relincho y un brinco que tocó con su lomo las vigas del corral. Los mozos y mozas estaban preparando el arco para recibir al Sr. Obispo en las afueras de la iglesia de arriba. Las mozas daban y aproximaban los ramos a los mozos para que estos, subidos a una banqueta, los colocaran en susodicho arco. Al caer el rayo, fue tal el susto del mozo que estaba colocándolos, que exclamó: “Antes no creía en Dios pero ahora sí…”
Los sustos y espantos fueron tremendos para mayores y pequeños. Y a eso de las 4 de la tarde la tormenta ya pasaba. Los truenos se escuchaban ya más lejanos y los relámpagos no deslumbraban.
Inocencio, que era el electricista del pueblo, fue a cortar la luz del transformador sito por aquel entonces en los praos de los cercaos. Entretanto, las más beatas del lugar, al toque de la campanilla, acudían a la ermita junto a sus hijos a rezar para que aquello finalizara.
Mucho, muchísimo fuego y ruido trajo aquella tormenta o conjunto de tormentas; nunca se había vivido en Ayuela otra igual.
Y llegaba el Sr. Obispo, no sin antes comentar los labradores que no había hecho mucho daño ni en los trigos ni en los praos ni en los linares de patatas y fréjoles. Por cerciorarse, alguno ya se había dado una vuelta por los campos. Cuando llegó el obispo, como si fuera una muestra de dolor y susto, todavía sin valor y atemorizados, los niños y niñas solo éramos capaces de ondear nuestras banderitas y moverlas a media asta.
"Balada romántica tradicional española, folk acústico, gaita castellana y pandereta, voz grave de narrador masculino, tono dramático narrativo, ritmo que se desarrolla lentamente y se acelera en el clímax, guitarra minimalista, folk cinematográfico, ambiente rural español de principios del siglo XX."
"Como a las trece del día de hoy cuando con el afán propio de la estación estaban los labradores de esta villa trillando y de repente se dejaron sentir cuatro o cinco truenos de una nube que se formó al norte, al parecer, no de muy mal aspecto, que dio por resultado el desprendimiento de unas gotas de agua que, por su cantidad, pudieron haber sido hasta contadas, acompañadas de unos cuantos granizos de regular tamaño dando lugar a que se suspendieran las labores de trilla, retirándose los labradores a comer con la mayor tranquilidad. Pero es el caso y, cuán grande sería la sorpresa, que en menos de diez minutos y sin que en el casco de la población lloviera; una niña de cinco años llamada Aurelia Campo, da la señal de alarma con gritos y llorando, de que un riachuelo llamado Valcuende que desemboca en el Avión se había desbordado llevándose la corriente las mieses de la era del vecino Baudilio Campo que es la primera que encontraba a su paso el despiadado cauce. Al grito de los niños se aumentó el de las mujeres, dando lugar con esto a que el vecindario en masa, abandonara sus albergues para ir a hacer frente al enemigo que llevaba por delante todo lo que a su paso encontraba; fue tal su desbordamiento que los nacidos jamás han visto ni podrían prever que las aguas del riachuelo expresado alcanzarían tal altura (un metro sobre la mayor crecida).Como he dicho antes, la voz de la niña, fue la que avisó al vecindario que para en casos análogos es muy humanitario acudiendo en masa sin distinción de clases, sexo y edades a prestar cada uno el auxilio que podía allí donde más peligro corría el médico titular don Pompeyo Aparicio recorría a caballo las eras animando las turbas y dando cuenta del punto donde preveía podían ocurrir mayores desgracias. El personal se dedicó a entornar carros, colocar trillos... Los niños llevar brazadas de mieses y ponerse en pie encima de los montones trillados para que no les arrastrase llegando el agua a cubrirles hasta el medio de su cuerpecito. Triste espectáculo y cuadro horroroso presentaba aquella escena, al ver que las aguas se llevaban mieses, trigo, enseres trillos, etc., sin que hubiera medio alguno de poderlo remediar, hasta que transcurridos unos cinco cuartos de hora se observaba descendía.Ya en calma el vecindario, aunque como es consiguiente, con lágrimas y llantos de mujeres y niños; se ve de repente por la parte del Poniente que el rio Avión también se desbordaba, pero éste no daba el cuadro desgarrador que el anterior por no encontrar a su paso las eras, limitándose solamente a llevar algunas morenas de las fincas y a perjudicar los sembrados y el labrantío. Temiendo el triste suceso, el señor alcalde acompañado del cura párroco don Mariano Diez, del señor juez municipal, del señor médico y del secretario se limitaron a recorrer las eras no habiendo que lamentar por fortuna desgracia personal alguna, acordando la prestación personal para recoger los enseres y dividir las mieses que habían sido envueltas las de unos con las de otros. A la hora que escribo estas líneas mal trazadas se desconoce dónde tuvo lugar el descargue -de la tromba - así como los daños ocasionados, pero se cree haya podido ser a dos kilómetros del casco de esta villa donde . descargó la maligna e inadvertida nube su tromba de agua; los daños no pueden precisarse al presente pero se supone son enormes."Benito DiezAyuela de Valdavia l9 de agosto 1914

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