Recopilación de escritos de Donato Vargas

 Relatos de Donato Vargas Marcos


El Padre Donato (Agustino OSA) en la actualidad.
Bolivia (2019)
https://www.redafundacion.org/Materiales/boletines/boletin_CAFAYATE19_web.pdf

Donato Vargas Marcos es mencionado como misionero agustino (fraile de la Orden de San Agustín) que desarrolló labor pastoral y misionera especialmente en Argentina, en la región de los Andes. En los materiales de recopilación de escritos religiosos de este sacerdote aparece su nombre completo con este contexto: (Padre) Donato Vargas Marcos, agustino misionero.

No hay biografías completas ampliamente difundidas ni perfiles extensos en fuentes oficiales de la Iglesia católica (como agencias de noticias eclesiásticas, medios vaticanos o diccionarios de órdenes religiosas) accesibles públicamente en internet. Con lo que se puede confirmar:

  • Era sacerdote y misionero agustino (según escritura autobiográfica disponible). Formó parte de la comunidad agustiniana en ambientes misioneros latinoamericanos. Hizo labor de evangelización y apoyo comunitario en entornos rurales.

  • Vivió varios años en Argentina sirviendo en comunidades católicas en regiones andinas. Su nombre figura en listados históricos de miembros agustinos que prestaron servicio pastoral/misionero en regiones como el Valle Calchaquí en Argentina, dentro de la presencia de la orden en la Prelatura de Cafayate (organización de la Iglesia católica donde los agustinos han tenido presencia misionera). 

  • Su labor abarcó enseñanza y evangelización, con referencias anecdóticas que mezclan historia local y tradición religiosa. Existe una recopilación de escritos atribuida a él que recoge relatos, reflexiones y narraciones de carácter espiritual/misionero. En esa publicación él se presenta y describe vivencias en comunidades rurales, lo que sugiere que escribió memoria de su labor pastoral.



RECOPILACIÓN DE SUS RELATOS ENCONTRADOS EN INTERNET
 

 MILAGRO EN ARENILLAS DE S. PELAYO

 Hola vegavaldavieses: 


Con gran emoción descubrí la página Web en internet y dándome un banquete de su variado menú, quiero aportar algo que leí este verano estando de vacaciones en Arenillas de San Pelayo. Y, a pesar del estrujamiento del cerebelo, no he logrado recordar dónde. Pero de que lo leí estoy más que cierto. Y en uno de estos dos libros tiene que estar: Tomo I del "Románico Palentino" o una tesis doctoral de un tal Mauro de Villaeles sobre el "Monasterio de Arenillas de San Pelayo.


Comenzaré presentándome. Soy un misionero Agustino que llevo en Argentina, al lado de los Andes, 35 años, enseñando de todo, hasta torear en una oportunidad. Mi nombre, que es lo de menos, es, P. Donato Vargas Marcos. Al cuento: Allá por los años 1715, (día más o menos no importa), al amanecer de una mañana de agosto, por el lado del "Morcorio" y por el lado de "Lusillas" (términos muy conocidos en Arenillas), se estaban formando sendas amenazantes nubes, que los más viejos del lugar comenzaron a pronosticar que se juntarían en el pueblo y la tormenta de granizo estaría más que asegurada. Como era costumbre en aquel entonces, el sacristán subió más que deprisa al campanario y comenzó a tocar el consabido repique de "tente nublo tente nublo, que Dios puede más que tú". La feligresía, dejando sus labores veraniegas y animados por los frailes acudieron al templo a rezar los consabidos "latines", con mucha fe y devoción.

Estando todo el pueblo en la iglesia, (perros incluidos, pues sabido es que se asustan de los truenos, y se meten donde no tienen que meterse), y habiendo cesado el campanero de tañer las campanas por miedo al rayo, cuanta el abad del monasterio que "por la puerta principal entró una centella luminosa que dio la vuelta a las tres naves de la iglesia por encima de las cabezas de los asustados fieles y volvió a salir por donde había entrado, sin tocar a nadie ni dejar rastro alguno en santos ni paredes. Y este singular hecho la gente y los frailes lo tienen como hecho milagroso, por lo que yo como Abad de este priorato lo dejo escrito en las crónicas del Monasterio". 

 

Saludos y perdonen por ser un poco larguero. 

Donato. 


 

 

LEGUACHERO INTELIGENTE

 

Sucedió por los años cincuenta, en Arenillas de San Pelayo. Y creo que habrá sucedido en otros lugares más, pero como no tengo noticia de ello, quiero contarlo como caso único. Por lo menos eso me pareció a mí. 

Era un día de Mayo, con el sol picarte como sarna. Por el lado de “conventos”, las nubes engordaban más que deprisa. Hasta el menos avispado pronosticaba que el aguacero estaba cocinándose. Ya faltaba menos de un puño de sol, cuando se largó sin previo aviso, uno de esos zurriagazos de agua que llegan sin avisar y calan todo y no benefician a nadie.

Los pastores de ovejas, vacas y yeguas los temen sobre manera. Pues es el caso, de que por el “puerco” (que ese año estaba de barbecho), andaba el Sr. Gabino pastoreando la yeguada del pueblo y le pilló de lleno, sin darle tiempo de bajar a la cañada a resguardarse bajo las chopas.

Como sucede siempre al rato del aguacero, los caracoleros ya estaban preparando el “carburo” para salir a la noche en busca los tempranos y exquisitos caracoles.

Pero los chiguitos, (era el caso mío) nos adelantábamos por aquello de que por la noche andaban los “Sancamantecas”.

Andaba yo por los arroyos de la vega mirando los caracoles y también pensando cómo habría capeado la lluvia el Sr. Gabino. Seguramente estará calado hasta la corita. Pero cual fue mi sorpresa, al acercarme y ver que tenía la ropa seca como nido de golondrina. 

Al preguntarle cómo había hecho para no mojarse me respondió que se había metido debajo de una yegua. No me la creí, e insistí, porque para mí era como un milagro. 

Y me dijo: –pues muy fácil. Me quité la ropa, la metí en el zurrón de cuero con zapatos, boina y todo, me senté encima de ella, esperé que pasara el nublado y aquí me tienes seco y salvo.


Donato Vargas marcos. 

 

 


 

COMO ERA ARENILLAS DE S. PELAYO EN 1850

 

 Relato que hace Pascual Madoz en su “Diccionario Geográfico, Estadístico e Histórico”, de 16 volúmenes, editado en 1850. Nota: Lo que está entre paréntesis son aclaraciones mías. ARENILLAS DE SAN PELAYO y más comúnmente de ARRIBA o de LOS FRAILES. Lugar con ayuntamiento en la Provincia de Palencia a 12 leguas. Partido Judicial de Saldaña a 2 leguas y media, administración de Rentas de Carrión de los Condes a 5 leguas, auditoria territorial y capitanía general de Valladolid a 20 leguas, diócesis de León a 17 leguas. Está situado a la margen derecha del río Valdivia, en el llano que forma el valle de este mismo nombre, combatido de los vientos del Norte, al cual dan los nativos el nombre de “cierzo”, frío siempre aún en varano. El que sopla del Oeste lo llaman “gallego” y es más cálido que el anterior. Y el que a veces sopla del Sur lo llaman de “abajo”, el cual da con frecuencia lluvias provechosas para los sembrados. El clima es benigno y saludable, a pesar de que se desarrollan algunas fiebres intermitentes y también pulmonías. Componen la población 50 casas, por lo regular de un solo piso, con fábrica de adobes y una mala distribución interior, que fomentan calles tortuosas, casi desempedradas, pero limpias por la naturaleza del suelo. Hay casa municipal con soportales. También hay un “pósito” (almacén comunitario donde se guardaba los cereales que recaudaba el gobierno) con capacidad para 40 fanegas de trigo. Y otro llamado “pío” administrado como el anterior por el ayuntamiento, con una capacidad de 60 fanegas. Existe una escuela para niños de ambos sexos, cuyo maestro, sin título, percibe 250 reales, por cada temporada de septiembre a Mayo. Hay una iglesia parroquial situada a doscientos pasos del pueblo, de arquitectura gótica (quiso decir románica) de una sola nave (no sé si el que escribió esto y se lo mandó al autor, sabía qué era una nave, porque desde 1557 la Iglesia ha tenido siempre 3 naves) y dedicada a San Pelayo mártir. La sirve un cura párroco que habita en una casa grande inmediata a la iglesia. Tanto el templo como la iglesia pertenecieron al orden de premostratenses, hijuela del suprimido convento de la misma orden existente en Retuerta (Valladolid). Dicha comunidad nombraba dos religiosos para el servicio parroquial, uno de los dos con el título de Prior desempeñaba la cura de almas. Limita el término por el Norte con Renedo de Valdivia a un cuarto de legua, Por el Este con el término de Santa María del Monte, a 3 leguas, y Revilla de Collazos, una legua. (Este poblado de Santa María del monte, hoy desaparecido, pareciera que estuvo ubicado entre “Tremedo” y “La Majada”). Al Sur con Villabasta y Villaeles a media legua. Y por el Oeste con el de Valles a igual distancia. Dentro del término de Arenillas, a un tiro de bala de fusil por la parte del Oeste, se halla una fuente de piedra sin pirámide ni cerco, llamada “fuente del lugar”, porque de ella se surten los vecinos. El agua es abundante, sabrosa y delgada, fría en verano y templada en invierno, y de tales propiedades que no ha hecho daño a nadie aunque se beba en exceso. Otra fuente abundante, pero no de agua tan buena, se encuentra en la misma dirección a un octavo de legua conocida con el nombre de “Locillos”. Hacia el Este, se halla la fuente de Valtijero, de agua muy fría y recia. También se encuentra dentro del término el despoblado llamado Arenillejas o San Quince. (Presumiblemente según cuentan los vecinos de más edad, estaría entre Arenillas y Villaeloes a la orilla del río Valdavia junto a la desembocadura del río Valles).Quedó abandonado, sin que se sepa la causa por los años 1527, habiendo comprado el monasterio y el pueblo las tierras a Don Juan de Valderrábano como marido de Doña Volante Castañeda, en 20.000 maravedíes. El Abad Don Juan Miño hizo derribar la iglesia de Arenillejas en 1571. Cruza por el término de Arenillas de S. Pelayo el río Valdavia en dirección Norte Sur. Este río es de curso permanente y tiene, para su paso, un puente de madera de regular elevación y por el cual solo pueden pasar caballerías. (Este puente estaba unos cien metros más arriba del actual que se hizo en 1930). Con la acequia o cuérnago de agua del río que se toma en el término de Renedo, a dos leguas, reciben el impulso dos molinos harineros. (Aquí pareciera que hay imprecisión. La presa donde se toma el agua del cuérnago, dista de Arenillas poca más de media legua. Y solo se tiene noticias de la existencia de un molino. Sí, existió otro molino, en la esquina Norte del pueblo junto al río, del cual aún se encuentra algún cimiento y el cuérnago que venía por el lado derecho del río, sin embargo de este no habla el autor). El terreno tiene parte de llano y de monte. El monte es continuación del llamado “gallillo”, y abarca unas mil cuatrocientas fanegas, de las cuales solo se cultivan 450, que en general son de mediana calidad. La vega es hermosísima, y muy conocida por los corpulentos olmos negrillos que produce, de los cuales son una muestra algunas piezas que son la admiración de los inteligentes en el canal de Castilla. El monte hacia el Este está poblado de leña delgada de roble, y al Oeste en escasos brezos, útiles unos y otros para los lugareños para el fuego de los hogares. Los caminos son regulares. Los hay cruceros desde La Bañeza y León a Santander, y desde Palencia a Liébana. La correspondencia la recibe en Saldaña los Lunes, Jueves y Sábados. Saliendo para Carrión los Martes Viernes y Lunes por peatón. La producción es de trigo, cebada avena garbanzos, toda clase de legumbres menos judías. Buen lino y hortalizas. Cría de ganado vacuno, caballar, mular, cabrío y en mayor número ovino. Hay caza de perdices, codornices, tórtolas, liebres y algunos conejos. Pesca de truchas, barbos, anguilas, nutrias y lampreas. La industria se reduce a los 2 molinos harineros mencionados, uno particular y el otro del pueblo, y 5 telares de lienzos ordinarios. (El molino del pueblo pareciera que era el que estaba al Norte entre el pueblo y el río) El comercio se reduce al sobrante de granos y lino. La población es de 24 vecinos. 125 almas. La capacidad productiva es de

26.075 reales. Arenillas paga de impuestos de 500 a 600 reales. El presupuesto municipal asciende a 500 o 600 reales, que cubren con la renta de tres pedazos de tierra labrantía, un prado de guadaña y el importe de la leña y el molino del pueblo. 

 


 

 

EL DÍA DE SAN ROQUE CAYÓ UN RAYO Y TIRÓ A SAN MIGUEL 

 

El día S. Roque, 16 de Agosto de 1958 (creo) por la noche, en Arenillas de S. Pelayo, se armó una descomunal tormenta con un despliegue impresionante de truenos y relámpagos, que marcó el día para varios años. “¡Como la tormenta de aquel año no he visto ninguna!” -Decía la gente-. Gracias a Dios no cayó piedra, porque sabido es que por la noche no graniza, pero cayó agua para exportar. Más de una morena pasó nadando a la tierra vecina.

El tio Meterio, que cuidaba con celo las cosas de la iglesia, al día siguiente, muy de mañana, fue a la iglesia a ver las goteras. Y se encontró con que S. Miguel estaba tumbado de espaldas en el suelo en altar mayor y con un brazo roto. Miró para arriba y vio en su hornacina un agujero. Después miro de reojo a S. Roque que estaba en un altar lateral, como diciéndole: “¿Qué ha pasado aquí?” Pero S. Roque estaba íntegro, con el perro a su lado mirándole. Poco tuvo que discurrir, para darse cuenta que una chispa, que había caído justo en la hornacina de S. Miguel, era la causa de lo sucedido. 

Pero se dijo para sus adentros: “¡Qué mal ejemplo están dando los santos!”  Por eso, cuando rezaba el Rosario los domingos a las cuatro de la tarde, después de rezar un Padrenuestro por los “malazos” rezaba otro por S. Miguel y S. Roque, para que no se volvieran a pelear dando mal ejemplo a los fieles. Menos mal que S. Miguel, como tenía alas pudo planear y caer de pie. Aunque después, por estar acostumbrado a las alturas, perdió el equilibrio y se cayó al suelo rompiéndose el brazo. Donato Vargas. 

 

 

 

ASÍ SE CELEBRABA LA FIESTA DE S. PELAYO EN ARENILLAS POR LOS AÑOS 50

 

Por lo menos, así la veía y vivía yo.

La fiesta del pueblo, era esperada por todos con mucha ilusión. Los primeros indicios de que la fiesta se acercaba, era la llegada de los carros de los vendedores de cal viva, para encalar las casas. Pues en aquel tiempo no había pintura. Las mujeres la encalaban por dentro y los hombres por fuera, sobre todo si la casa era de dos pisos. Orinal roto en mano, cubierta la cabeza con algún sombrero estrafalario, y faldas de la misma marca, las veías ir y venir por la casa como espantapájaros vivientes.

Era trabajo duro y pesado, porque había que remover baúles, armarios y muebles, vaciar las alacenas, limpiar los rincones, techos y dar de mazarrón a los pisos. En fin, lo que se dice limpieza general. 

Nadie se quedaba mirando. Los chiguitos y chiquitas, después de salir de la escuela, cogíamos el cesto o canasto, la azadilla o el tranchete y con un buen trozo de pan como merienda, salíamos a las tierras a coger aballicas y amapolas para los conejos y cardos para los “gochos”. 

Los mayores a las labores del campo que apremiaban: como sembrar patatas, fréjoles y alubias, tirar nitrato, segar forraje o alfalfa, escabar algún linar de patatas tempranas, podar algún chopo para hacer hojaos. Y por si fuera poco, al atardecer había que coger el caldero con la soga y a sacar agua del pozo para regar el huerto que todos tenían. El que no lo tenía en casa, lo tenía fuera del pueblo o en la huerta. Y de mañana temprano, si es que no se había hecho al atardecer, ordeñar vacas, cabras y ovejas, y hacer quesos si es que sobraba la leche. Y los que tenían colmenar (dichosos ellos) paseo va y viene a ver si echaba algún enjambre.

Recuerdo un hecho curioso, que le sucedió al Sr. Apolinar, vecino de Arenillas. Iba él, montado en su burro, llevando un enjambre en un escriño bajo el brazo, camino de la majada donde tenía un colmenar que aún hoy existe. Al llegar a la entrada del monte oyó el zumbido de un enjambre que se acercaba. Paró el burro par ver donde se posaba y mira tú por donde, fue a posársele en su espalda. 

¡Vaya sorpresa! ¿Qué hago, que no hago? ¡Con esto, no habría contado ni el más precavido! ¡Pues sigamos adelante despacio a ver si cojo dos enjambres de un viaje! Con mucho cuidado y más miedo, llegó al colmenar con los dos enjambres. Paró el burro, tiró sobre un matorral el escriño, (las abejas no se saldrían pues estaba bien tapado con un saco), e intento bajarse del burro haciendo el menor movimiento posible. Lo consiguió. Ahora venía el segundo paso más difícil. Aunque lo más difícil que había –decía mi padre- era hacer una tortilla sin huevos. Había que sacarse la chaqueta de pana sin molestar el enjambre. Se pudo de rodillas, sentado sobre los talones y encogiendo los hombros hasta dolerle, dejó deslizar la chaqueta por la espalda hasta el suelo.  De esta forma pudo meter las dos, saliendo sin picadura alguna, de semejante hazaña. Y digo hazaña porque en aquel entonces no había máscaras, como tampoco tenía anestesia el sacamuelas. 

Bueno, sigamos con la fiesta. También había que hacer las famosas rosquillas y galletas, que hacían durar hasta quince días, para el desayuno o la parva. Y ya cerca de la fiesta, hacer el pan, matar pollos, conejos, desollar y descuartizar el cordero y todo esto llevaba tiempo y cansancio, pero se hacía con ilusión esperando agasajar como se merecía a los forasteros.

En la iglesia también había revuelo. El domingo anterior a la fiesta, después del rosario, había que dar un repaso total a las telarañas, lavar el piso, bajar a S. Pelayo, atornillarle a las andas, adornar los altares con flores, preparar el pendón, ciriales y cruz, y sacar los mejores manteles, alfombras, candelabros y velas. 

La junta de mozos, por su parte, se reunía para organizar la traída de dos carros de leña del monte para subastar el domingo anterior a la fiesta, a la salida de misa, para recaudar dinero y pagar la dulzaina. 

Recuerdo que un año, cuando salimos de misa, estaba el carro de leña de la subasta, entornado en la plaza. Los mozos entretenidos en vaciar las botas de vino se descuidaron y las vacas, cansadas de esperar se iban para casa y cogieron mal la esquina del “palón”, entornando el carro que traía poca y mal atada, pues era para subastar.

También había que encargar los cuetes, designar quién tocaría las campanas la víspera al atardecer, quien montaría el templete en la era, que consistía en unir dos carros con dos trillos encima, y qué familias darían de comer y de dormir a los cuatro dulzaineros (la “Banda Olid”, que procedente de Valladolid llegaba el día anterior a la fiesta en el coche línea) que amenizaban la fiesta.  A tocar las campanas durante la procesión, se anotaban voluntarios. Y eran aquellos que no tenían traje o no estrenaban ni siquiera calcetines para la fiesta.

El alcalde designaba las personas que se encargarían del “rancho”, es decir, la comida para los pobres y los forasteros que no tenían ningún familiar que les invitara. Estos vecinos, el día anterior, recorrían las casas pidiendo garbanzos, titos, carne, tocino, huesos y demás proveedurías para hacer un cocido. Y pasaban la noche atizando la olla que estaría lista a las dos de la tarde del día la fiesta.

Se juntaban como dos docenas de ellos, que venían bien comidos de la fiesta de S. Juan en Barriosuso. Ya eran famosos los pobres Hipólito, Eutropio, y el Chispas, que siempre andaban a palos por los efectos del vino.

Dos o tres días antes de la fiesta llegaba de Valderrábano, el carnicero Silvano con toda su familia, a matar una vaca en la portada del Sr. Afrodisio o en la de la Sra. Eustorgia. La colgaban de la viga para desollarla y haciendo un hoyo en la tierra para recoger la sangre. Y todos los vecinos tenían obligación de comprar carne para que se vendiera toda.

El pueblo parecía un hormiguero o una colmena. Cada cual a lo suyo. Y no faltaban quienes mangaran alguna, pues el tiempo de primavera era propicio para ello. Como aquel año en que se dedicaron varios mozos a soltar todos los jatos del pueblo por la noche, y al día siguiente no pudieron ordeñar las vacas para hacer el consabido postre de natillas o arroz con leche.

Ya el día 25 por la tarde, llegaban en carro, algunos cuqueros procedentes de la fiesta de S. Juan de Barriosuso, para coger un buen sitio, pues al día siguiente llegaría el resto. Y los chiguitos ya estábamos alrededor de ellos, a ver en qué íbamos a gastar las pocas “perras” que habíamos ahorrado y estar atentos para ver si les hacía falta algo y proporcionárselo a cambió de algún pirulí o chiflito.

La luz eléctrica, que nos daba “Candiles” desde Báscones, no alcanzaba más que para dos o tres bombillas en cada casa y en las calles solía haber algunas, que sobrevivían, gracias a la poca puntería de los tirapiedras de los chiguitos. Pero en la era de la “taberna”, donde estaban los cuqueros, no había más que dos o tres para los dulzaineros, los cuqueros no tenían ni una triste bombilla. Se arreglaban con un carburo. Al llegar la noche, los chiguitos y los no tan chiguitos, andábamos dando vueltas a ver cómo la mangábamos. Y lo más corriente era ponernos de acuerdo y mientras el más espabilao soplaba el carburo y echaba a correr, el de cara más buena, (para que no sospecharan) ya estaba al acecho para arrampar con un puñado de caramelos. Pero siempre fallaba algo. Lo único que nos quedaba de positivo es el poder contarlo como hazaña al resto de la pandilla, pues los cuqueros ya estaban ojo avizor y en el momento que se apagaba el carburo, redoblaban la vigilancia. Había en Villaeles un componedor de platos (nosotros le llamábamos “el gobernador”) que nunca faltaba a la fiesta. Una semana antes ya estaba dando vueltas por el pueblo componiendo platos, cazuelas, pucheros, cazos, tanques, palanganas, jarros, cacillas y sartenes. Tenía una bici, de las primeras que rodaron por España. La cámara tenía tantos parches que al final la sustituyó por hierba seca bien apelmazada. Era pequeñín y cuando venía en bicicleta de Villaeles, por el camino del otro lado del río, parecía una libélula con las alas desplegadas. Recuerdo que armaba su taller en la portada de mi casa, y guardaba el velocípedo en el pajar. Y allí hacíamos, mis hermanos y yo, los primeros intentos de sostenernos sobre dos ruedas. 

El día de la fiesta cambiaba de oficio y hacía de “carabinero”. Tenía una carabina de aire, y ponía tiro al blanco con flecha, por 15 céntimos la tirada. Si hacías blanco, te daba un paquete de almendras. El 90% no hacía blanco. Y es que, a propósito, descalibraba la carabina. Porque a veces, sobre todo los de brazo largo, se ponían a 40 centímetros de la diana y fallaban. El pobre hombre, no sacaba ni para comprar una cámara a la bicicleta, porque en estas fiestas nunca faltan los que, si no es haciendo diabluras, no saben divertirse. Cogían la carabina y en vez de tirar al blanco, tiraban a algún pardal que se había posado el árbol, perdiéndole la flecha que valía tres pesetas.  El día de S. Pelayo, bien temprano ya estaban todas las chimeneas echando humo como locomotoras de tren. Se daba un paseo por el huerto para traer las lechugas bien frescas y los que tenían guindalera o fresas iban con los capazos a coger las maduras para el postre. Otros regaban y barrían las calles (eran de tierra) por donde pasaría la procesión, con las famosas escobas de mimbres. Otros encendían el horno con buenos brezos, urces y estepas, traídas de “lusillas”. Otros ordeñaban las vacas para hacer pronto las natillas; descuartizaban los corderos adobándoles con orégano, tomillo romero y pimentón, dejándoles listos en las asaderas de barro, donde a fuego lento se irían dorando en el caldeado horno.

Después venían los gritos: ¡“Qué corbata me pongo…”! ¡“donde está la boina nueva…”! “y el cepillo de los zapatos y el betún, dónde lo habéis dejado…” “estos zapatos me están estrechos y no van a dar de sí precisamente hoy que es S. Pelayo…” “dónde están las cuchillas de afitar… “y ten cuidado del gato que no lama las natillas…” “apúrate que ya han dado la primera… ”Ahí viene el monaguillo a buscar brasas para el incensario”. Y aunque la procesión comenzaba a las doce, siempre se llegaba tarde y se sigue llegando…  A las doce en punto, previo repiqueteo y volteo solemne de campanas, salía la procesión después de entonar cantando el Sr. Cura, aquello de: “Proccedamus in pacce” y responder Antonio y su tío Emeterio, (que eran los únicos que sabían latín): “In nomine Christi amén”.

Ya antes estaban al lado de las andas los mozos que llevarían al Santo. El que iba a llevar el pendón ya estaba desenrollándolo y tratando de sacarle por las puestas grandes y los monaguillos listos con los ciriales para iniciar la procesión.

Lo mandado por los cánones litúrgicos, era que los chiguitos fueran delante, detrás de la cruz y los ciriales en dos filas. En medio, el que llevaba el pendón. Después los hombres en dos filas. Después el Santo, seguido de los celebrantes y el alcalde, y detrás las mujeres. Pero aquello era una desorganización bien organizada. Es decir, cada uno iba por donde quería y como quería, y nadie ponía ni podía poner orden, ni se quejaba por el desorden.

Era un espectáculo ver al que llevaba del pendón. Sobre todo cuando tenía que bajarlo a pulso para poder esquivar los alambres de la luz, que atravesaban las calles y que no eran pocos. Todos nos quedábamos mirando la fuerza que hacía y lo “morao” que se ponía. Tenía dos al lado con sendos ramales que le ayudaban pero lo hacían tarde mal y nunca. 

Al que tampoco perdíamos de vista era al que tiraba los cuetes que solía ir al lado de la procesión. Desde que salía el cuete, hasta que explotaba en el aire le seguíamos con la vista y los chiguitos a correr a por la caña cuando caía. Recuerdo un año, que el encargao de tirar los cuetes era Román, ese año estrenaba traje negro con rayas blancas. Iba delante de todos con un par de docenas de cuetes bajo el brazo, y el chisquero de mecha encendido, pues no fumaba y quedaba mal que lo hiciera en la procesión. Como diría el tío Julio: “El casu es que”, en una de esas, se olvidó de apagar la mecha del chisquero tapando el tubo con el dedo, y le metió encendido en el bolso de la chaqueta nueva. Todos, menos él, veíamos que salía humo del bolso y olía a chamusquina. Algunos le deban gritos, pero con el tocar de las campanas no oía. Al rato, cuando mete la mano en el bolso para sacar el chisquero y tirar el próximo cuete, ahí se da cuenta del incendio y se manga el revuelo. No sabía que hacer el hombre. Metía la mano en el bolso para apagarlo y se quemaba. Por fin se quitó la chaqueta y a pisotones pudo apagar el fuego. A su imaginación dejo lo que fue aquella procesión…fue por mayoría absoluta, el comentario de todas las sobremesas de la fiesta.

La procesión era larga. De la iglesia tiraba al puente y volviendo por la Plaza a la iglesia. Los más veteranos nos decían que antes se hacía alrededor del pueblo y duraba una hora. 

Es un espectáculo y lo sigue siendo, ver y oír voltear las campanas cuando llega la procesión a la iglesia. Todos nos quedamos mirándolas: bien sincronizadas las dos, cuando una está arriba la otra está abajo y poco a poco van disminuyendo de velocidad hasta pararse completamente.

Después venía la misa, que era cantada, pero allí estaba en el coro la cuadrilla de vocingles que hacían que fuera voceada, en vez de cantada. Y era en latín, y se cantaba la “misa de ángelis” que todos sabíamos de memoria, pero nadie entendía lo que se cantaba. El sermón, era en castellano. A la hora de la “elevación”, la “Banda Olid” tocaba el himno nacional, estando todos de rodillas y aquello ponía la piel de gallina. ¡Como nos gustaba oírlo!

Terminada la misa, la sombra de la olma era el próximo lugar de reunión del pueblo, sobre todo para los hombres. Se liaba un cigarro (de “caldo” ese día), se echaba una parlada, se saludaba a los forasteros y por que no, se miraba el desfile de estrenos de las mujeres, pues como habían ido atrás en la procesión no se pudo observar con todo detalle. 

¡Si hablara esa casi milenaria olma, cuantas cosas nos diría! ¡Si pudiera escribir, haría la historia más completa y fiel del pueblo! Pero se nos ha secado, y solo nos queda su silencio y esa hiedra, que despacio y con mucho esfuerzo, trata de amortajarla con su manto verde.

Después había que ir a la cantina. Era tanta obligación o más, que la misa. Ese día, aún los que nunca iban, hacían una visita y bebían algo, aunque solo sea un orange, hecho en la fábrica de Emilio el gasiosero. Y todos quieren invitar.

¡Los forasteros no pagan hoy, se oía de vez en cuando! 

Las que no iban eran las mujeres. Estaba mal visto que se acercaran al mostrador. Nadie por más moderna que fuera iba a tener ese desliz. Ellas charlan y charlan en las esquinas y a las puertas de sus casas observando el ambiente. Costumbres que gracias a Dios pasaron.

La comida solía consistir en un entremés de jamón aceitunas y queso. (La ensalada rusa llegó años mas tarde.) Un sustancioso caldo de gallina. Una buena ensalada de lechuga y cebolla, buen plato de garbanzos, con relleno, chorizo, morcilla, carne de vaca y tocino… Después venía el asao de cordero, el pollo, o conejo. Y de postre las guindas o fresas si había, y las natillas o arroz con eche.

Y ese día no podía faltar el café (léase achicoria y cebada tostada), la copa de coñac y anís y la faria, como mandan los cánones ibéricos. De bebida, el porrón de vino bien lleno, y la bota por aquello de que “buen vino porta”, y orange o agua para las mujeres y los chiguitos.

¡Una comida como para reventar! ¡Pobre estómago, lo que le caía! Y tenías que comer mucho y de todo. No comer era mostrar desprecio. No se concebía que no hubiera hambre. Unos, se acordaban del hombre que habían pasado y aprovechaban la ocasión, dándose una buena coritada, para ver si emparejaban el costillar, que le tenían como una tierra de barbecho, se les notaban los surcos. Otros miraban para adelante y se metían buenas gariadas de comida, como para poder darle al dalle duro y parejo, amorenar ligero y purrir con alma, durante el verano que ya estaba encima.

Los chiguitos comíamos el postre de natillas o el arroz con leche y ya estábamos alrededor de los cuqueros, como moscas al azúcar. Buscábamos y rebuscábamos hasta la última “perra chica” para poder comprar y probar de todo. Vendían unas “bombas” del tamaño de un cacahués que venían envueltas con un papel y atadas con un hilo y las tirábamos contra el suelo y explotaban. También había unos “pistones” que venían pegados a un papel como gotas secas de cera pero de color rojo, y las frotabas y chisporroteaban. Por cinco céntimos te daban veinte. Después estaba el regaliz, de raíz y el negro que nos manchaba toda la ropa, pero había que probar. Toda clase de chiflitos, pasando por los pirulís, los caramelos de café con leche, las peladillas, las cachavas de dulce y por supuesto las almendras que nunca faltaban. De todo había que comprar y si faltaban las “perras” aprovechábamos a la hora del baile para pedir a los hermanos mayores cuando estaban bailando con las mozas, porque entonces eran generosos por quedar bien ante la dama.  El día de la fiesta, sobre las cinco de la tarde, por los caminos y la carretera, llegaban, cuadrillas de mozos y mozas de los pueblos vecinos. A mi casa solían caer las mozas de Villaeles, a cambiarse las zapatillas por los zapatos de tacos, y a ponerse las medias, la falda de tubo, (de moda entonces) y a alicatarse un poco para el baile, por aquello de que: “las mujeres tienen tres manos: la derecha, la izquierda y otra de pintura”. Yo tenía que proporcionarles la palangana con agua y los espejos que había en casa. Digamos que la panera se convertía ese día en un improvisado camarín. Y lo cambiado quedaba allí. 

Recuerdo un año que mí padre, que si no hacía alguna al menos la pensaba, les dijo: -“Ahí tienen la panera, pueden cambiarse a gusto, abran la puerta y entren”. Cuando fueron abrir, salió “disparao” el “moro” (el perro) que estaba encerrado desde el día anterior por miedo a los cuetes y dos o tres cayeron por el suelo patas arriba.

Sobre las seis de la tarde, subían los dulzaineros a los carros previamente preparados al remanso de la casa de la Sra. Basilia y comenzaba el baile, que tras un breve descanso para cenar a las nueve de la noche, no paraban hasta la una.

Después de tomar el café y la copa de rigor, los hombres, “faria” en mano, salían despacio de sus casas charlando amigablemente hacia la cantina. Y si no se terciaba allí la partida del subastáo o tute, se acercaban a la era de la taberna a ver que ambiente había, esperando a que “Carraca” el de Sotobañado, pusiera el “bote”. 

Las mujeres, después de haber fregado la basa, y limpiado bien la cocina rebuscaban la mejor ropa y en grupos, cogidas del brazo se colocaban en lugares estratégicos en la era de la taberna, para no perderse ni un detalle de lo que allí pasara aquella tarde. Pues sería la materia prima, para la conversación de las solanas de posteriores domingos. Y quedaba mal el enterarse de los “acontecimientos” de segunda mano.

Bailaban todos los mozos y mozas solteras y algún recién casado. Hasta los que no lo hacían nunca porque no les gustaba, como le sucedió a Cesáreo y la Gratuides. Dos solteros del pueblo. Había en las esquinas de la era de la taberna algunos pozos que hacíamos los chiguitos jugando al “pincho” y después por entretenernos ahondábamos más. Pues precisamente en uno de ellos metió la pata la Gratuides (que estaba coja) y allí cayó juntamente con Cesáreo, que haciendo un supremo esfuerzo por ser S. Pelayo, estaba bailando con ella. El acontecimiento atrajo las miradas de todos que se acercaron alrededor y no sabían si ayudarles a levantarse o dar rienda suelta a la risa. Optaron por lo segundo porque la oportunidad así lo pedía.

La cena era de lo más informal. Cada uno llegaba a la hora que le parecía bien y cogía lo que pillaba a mano y otra vez al baile o a ver que pasaba en el bote de “carraca” o simplemente a la cantina a ver el ambiente. 

Como en toda fiesta siempre hay excesos, S. Pelayo no podía ser la excepción. En la cantina a más de uno tenían que sacarle a la calle y ponerle en dirección a su casa y aún así no daba con ella. Uno salió a la cuadra “a cambiar el agua de las aceitunas” y como a la hora lo encontraron en la cuadra entre unos cajones sin poderse levantar. Y cuando le preguntaron que qué hacía allí respondió: “aquí estoy embalando”. 

Los más curiosos, no se movían del “bote de carraca”, porque, por una parte, podían comer almendras gratis y por la otra, se enteraban de primera mano de quienes eran los pocos que ganaban y quienes los muchos que perdían, para poder contarlo al día siguiente. 

A la una en punto los dulzaineros bajaban del trillo y terminaba el baile. Sin embargo las tertulias en la cantina y en la calle continuaban hasta bien entrada la noche, si es que ésta era apacible.

Había años que el cierzo soplaba frío y arreciaba de firme y a todos los mandaba a casa. Sólo quedaban en la era los dulzaineros y pocos más. La gente se metía en las casas y allí se armaban la famosas chocolatadas jugando a la brisca.

El día “San Pelalillo”, era por demás pesado. Al cuerpo le faltaba agilidad y el estómago se hacía sentir pesado. Pero había que aprovechar porque hasta el año, no había otro S. Pelayo. Así que a las ocho de la mañana ya estaban los mozos en pie, haciendo la rondalla por el pueblo con la dulzaina al frente, recorriendo las casas, pidiendo la propina para poder solventar los gastos. En algunas casas les sacaban la bandeja de galletas y rosquillas acompañada de una copa de orujo que de un sorbo tiraban al gaznate.

A las doce era la “misa de ánimas”. Había que acordarse, en fecha tan señalada, de los que ya no festejaban la fiesta aquí, sino en la Casa del Padre.

Ese día la misa era cantada, “de Réquiem”, como Dios manda. Y después de la misa, en el soto, al lado de la olma, los dulzaineros tocaban la jota y no faltaba quien se animara a bailarla, si es que el cuerpo daba de sí.

Por la tarde, después de comer recalentando, lo que había sobrado del día anterior, continuaba la fiesta pero en menor número. Pues muchos de los invitados ya se habían ido o se marcharían a media tarde.

Al día siguiente bien de mañana, los chiguitos andábamos dando vueltas por la era de la taberna a la rebusca de caramelos y “perrillas”, e incluso alguna rubia camuflada entre la hierba.

 

¿Eran más bonitas las fiestas antes que ahora? Pues no lo sé. Solo sé que eran distintas. Es difícil medirlo. “Cualquier tiempo pasado fue mejor” -dice el poeta- y “cada uno ve la feria según le va” –dice el refrán-. 

A mí me parecían aquellas fiestas de S. Pelayo hermosas. Si tú lo viviste de otra forma cuéntalo. Y así tendremos la fiesta completa… yo así lo viví y te lo cuento.

Argentina. Donato Vargas Marcos. donatovargas@yahoo.es  Mayo 2006. 

 

 

 

PROHIBIDO MONTAR EN MULA

 

Corría el día 17 de Mayo del año 1951. Y ese día era jueves, lo recuerdo como si fuera hoy.

¿Y que pasó? Pues pasó lo siguiente. Yo salía de la escuela a eso de las dos de la tarde y al entrar en casa vi venir por el puente a Marcelino con la mula del ramal y las alforjas al hombro. Marcelino era uno de esos hombres crédulos, inocentes, con pocos conocimientos. Siempre solía haber uno en cada pueblo y en algunos dos.

Me extrañó mucho, verle llegar de a pie y con las alforjas al hombro. Con los nueve años que yo tenía, aunque me crucé con él, no me atreví a preguntarle qué le había pasado. Pero algo me decía que había gato encerrado. Porque Marcelino tenía cosas un poco raras. Por ejemplo me contaron que cuando vino licenciado de la mili, que le tocó hacerla en Huelva, se trajo medio saco de sal a casa. Porque allí estaba a cinco céntimos el kilo y en Arenillas a 20. Pero se olvidó de que tenía que llevarlos al hombro desde la estación de Herrera al pueblo, 18 Km. Se Enfadaba mucho cuando había tormentas y lo hacía lanzando juramentos al cielo. Y como tenía un dedo de la mano mal curado de una caída, el reuma le avisaba antes que a los demás cuando iba a cambiar el tiempo. 

Entonces, esperé a que entrara en la casa y me di media vuelta acercándome hasta la puerta de su casa, y escuché respuesta sin arriesgar nada.

“¿Pero que te ha pasado en Villaeles, hijo, por qué vienes tan tarde, a pie y con las alforjas al hombro?” –Le dijo, gritándole la Sra. Ana, su madre.

-¡Hay madre! Gracias al Sr. Ladis, que es un amigo de los de verdad, que si no, ya estaría yo en la cárcel o pagando una buena multa.

Ladis, era un comerciante de Villaeles que tenía fama de granuja y siempre andaba mangándola, o mejor dicho, haciendo espabilar a los inocentones.  -¿Pero, por qué hijo, que has hecho, qué te ha pasado cuanta de una vez? -¡Gracias a Don Ladis! ¡Pero qué bueno que es ese hombre, si todos fueran igual, no habría tantos granujas en los pueblos! 

Pues verá madre. Iba yo a subir a la mula, después de haber comprado los encargos en casa del Sr. Ladis, cuando sale él corriendo y me da el grito: “¡Que vas hacer Marcelino! ¡No se te ocurra! ¡Quita las alforjas de la mula y llévalas al hombro, porque si te ven los guardias cargando a la mula te meten una multa! Ayer ha dado un bando el alguacil y está totalmente prohibido cargar a los mulares de labranza”.

-Pues no lo sabía. -Le respondí.

-¡Pero qué hijo más tonto! ¡Es tonto, pero de verdad! –Le decía la Sra. Ana.

-¡No madre, que es de verdad! Mire si es verdad que al pasar por el plantío de Fonso, estaba la pareja de la guardia civil a la sombra, y me saludaron y no me pusieron multa. ¡De buena me he librado, madre!

-¡Pero, Dios mío, qué tonto, que tonto eres…! Anda entra en casa que no se entere nadie, porque como tu no ha nacido ni nacerá otro más tonto… Y este hecho se corrió por el pueblo y la comarca como pólvora y fue durante muchos años el comentario de vecinos y vecinas.  Donato Vargas 

 

 

 

 

FIESTA DE ARENILLAS DE S. PELAYO SIN NATILLAS

 

Sucedió allá en tiempos en que el dalle era el nuevo invento y los carros de vacas eran más escasos que los billetes de 500 Euros hoy. 

Todos los años, a comienzos del mes de Junio, las campanas, con un toque característico, convocaban al vecindario a concejo. San Pelayo se acercaba y había que reordenar algunas actividades a fin de celebrar la fiesta como se merecía el Santo. Entre otros asuntos, se trataba y se discutía y al fin se concretaba, el tema de la traída de dos carros de leña del monte a cargo de la junta de mozos, para subastarlos públicamente y así poder pagar a la dulzaina que amenizaba la fiesta. Pues sin musiqueros no había fiesta. 

Otro de los asuntos a tratar era, fijar los días que a cada vecino le tocaba cuidar todas las vacas del pueblo que saldrían a pastar, en los abundantes pastos de las orillas del río, los domingos por la mañana temprano hasta las tres de la tarde, hasta mediados de Julio, 

La mayoría de los vecinos, por no decir todos, tenían vacunos de cría. Y por estas fechas la mayoría de las vacas tenían jatos y por supuesto se las ordeñaba.

La antevíspera de S. Pelayo, todos se cuidaban muy bien de tener atado al jato para que no mamara y de esa forma poder contar con abundante leche para hacer natillas, arroz con leche y otros postres para la fiesta del pueblo el día 26. En este tiempo cuando no sopla el cierzo, en la Valdavia, las noches son apacibles e invitan hacer la sobremesa de la cena en la calle. Y como en aquel entonces no había TV y ni siquiera radio, después de cenar, las consabidas patatas cocidas con chorizo o torrezno (¡qué buenas estaban!), los mozos se juntaban en el “palón de la plaza”, a comentar los “sucedidos” del día. Lo más común, era que no hubiera sucedido nada que mereciera la pena contarse o discutirse. Y como para sacudirse la “aburrida” alguien propuso: 

¿Y si cogemos y vamos por todas las cuadras del pueblo desatando a todos los jatos, liberándolos del ayuno forzoso al que las mujeres les han sometido? Después de ponerse de acuerdo en detalles y estrategias, y dando tiempo a que los vecinos acabaran de comer el último rescaño de pan de la cena, se lanzaron a la aventura.

-Buenas noches, Sra. Damiana. Venimos a ver qué nos va a dar el día San Pelalillo a la mañana, cuando pasemos la diana. Y la Sra. Les hacía pasar a la cocina y se desataba en disculpas, razones y lamentos, para ofrecerles algo, no prometerles mucho, y así quedar bien. Y mientras unos discutían el asunto otro, conocedor de la casa, iba a la cuadra y desataba el jato. Después volvía, abrochándose los botones de la bragueta (antes las braguetas tenían botones), para que no sospecharan. 

Así, con pocas variantes más, en esa noche liberaron de la huelga de hambre forzada a la mayoría de los jatos del pueblo.

La víspera de la fiesta, como era ya tradición, Silvano, el carnicero de

Valderrábano, mataba una vaca en la portada del Sr. Afrodisio o de la Sra. Eustorgia, y allí se juntaban las mujeres como moscas, a por la suerte de carne que les correspondía. 

Y allí se armó, el consabido guirigay.

- ¡Hay...! ¡Hay…! Que desgracia. Mira que justo esta noche se me ha desatado el jato. Y eso que tuve buen cuidado de atarlo anoche. Y claro se ha mamado toda la leche a la vaca. ¡Pues este año los invitados se quedarán sin postre de natillas, como yo me quedé sin abuela!

-¡Pues a mí también! Y el mío también se ha desatado –terció otra. -Pues tendremos que ir a la guindalera a coger guindas, moras y fresas a los huertos para postre, -dijo otra. 

Total, que hasta la noche del día de S. Pelayo, en que el vino desató las lenguas, no se descubrió la verdad de lo sucedido. Pero ya era tarde para enfados y riñas, lo mejor era tomarlo a risa.

Esto, se lo cuento, con la misma intención que a mí me lo contaron. 


Donato Vargas.



¡VERANOS,  LOS DE ANTES!

 

 

Es una frase muy escuchada hoy día, entre los jubilados de los pueblos, que ahora han emigrado a las ciudades y que salen a los paseos y plazas a tomar el sol como las lagartijas y se les oye decir: “Ahora no hay verano. Veranos los de antes… Hoy no se trabaja nada, todo lo hace el gas-oil”. Y alguien tercia diciendo, -no sin razón-: “Gracias a Dios”. 

Aunque para ser más justos, habría que añadir que las que hacían el verano eran las vacas. Trabajaban más que las personas: segaban, acarreaban y trillaban. No se sacaban el yugo de la cabeza más que para dormir. ¡Pobres animales, merecen por lo menos un monumento!

Podríamos decir que para San Pedro, ya daba comienzo el verano. Era cita obligada ir a la feria de Saldaña, si no a ajustar algún agostero, al menos por comprar alguna herramienta aunque solo fuera para tener repuesto. Porque después ya no había tiempo. Durante el año se iba a Saldaña andando por cualquier motivo. Guinda y Tomás mi hermano, fueron una vez a comprar una lezna. Pero en verano “estaba prohibido ausentarse de casa o enfermarse”.  En Saldaña se ajustaban ese día los agosteros y agosteras. Era curioso y entretenido, observar el mercado humano. Un año pude ir. Allí se plantaban los agosteros, poniendo postura y cara de trabajadores. Los mozos, boina calada, camisa arremangada mostrando sus bíceps o “sapos”, con unas alforjas al hombro o un fardel, piernas abiertas mostrando un buen “arco de triunfo”, y las mozas sin pintarse, al natural, en jarretas con un pañuelo en la cabeza.  Los contratistas iban observando la talla, la pinta y sobre todo les miraban los callos de las manos. Después de haberles observado de arriba abajo, venían las preguntas. Primero por la edad, después por el lugar de donde era y finalmente: ¿Y qué sabe hacer el agostero? ¿Y dónde se ha ajustado otros años? ¿Y cuanto pide el agostero/a? Y ahí comenzaba el regateo, hasta que al final se llegaba a un acuerdo por tanto y se fijaba la fecha sin mucha precisión, se chocaban los cinco, y ya estaba hecho el expediente. No hacían falta ni papeles ni fotocopias, ni sellos de seguros. Y a cobrar a fin de cosecha lo estipulado. Y no se gastaban ni un doro en todo el verano. Les encantaba cobrar la soldada toda junta. 

La siega, mal que mal, por lo menos te permitía dormir unas seis u ocho horas por la noche, porque de mañana, no se podía segar por el rocío, y a la tarde se ponía suave la mies. Lo único que día por medio no podías dormir la siesta por tener que picar el dalle.

El trabajo agrícola-ganadero era y es familiar. Para todos había trabajo. Los abuelos se quedaban en casa cuidando huerto, niños y animales y haciendo la comida. Y el resto de la familia, todos hasta los perros, a las tierras. Unos segaban otros hacían brazados, otros amorenaban y los chiguitos a arrastrar, a tener siempre agua en el botijo y la bota fresca y llevar la merienda. Tanto a la ida como a la vuelta se solían juntar en cuadrillas y con mucha facilidad, y sobre todo al volver con la fresca, era fácil que brotara alguna copla o canción popular. Siempre se comenzaba por: “Asturias Patria querida” “Desde Santurce a Bilbao” y nunca faltaba el “Himno a la Valdavia”, que decía más o menos así:

“Viva la Valdavia viva, / viva el pueblo valdaviés, / que si la Valdavia muere / España perdida es, / si pasas el puente no caigas al agua / que los mis amores son de la Valdavia. 

Vale más un valdaviés / con la camisa rompida / que cuarenta montañeses / con tabardo y con pelliza. Si pasas el puente…

Somos los de la Valdavia / los que arrastran el capote /los que tiran de navaja / a eso de la media noche. Si pasas el puente…

El río nos une a todos / su agua riega las vegas, / pero el vino en las fiestas / se nos sube a la mollera. Si pasas el puente…

Barriosuso y Buenavista / acumulan mucha fama / pero sin los otros pueblos / se quedan sin nada. Si pasas el puente...

Desde Castrillo hasta el Brezo / atravesando las villas/ no hay en toda la

Valdavia / pueblo como Arenillas. Si pasas el puente…

Tiene iglesia románica / y un hermoso convento / tiene vega tiene soto / mozos y mozas contentos. Si pasas el puente…

No hay quien los haga sombra / son campeones de “luche” / y en el juego de bolos / siempre tumban al “miche”. Si pasas el puente…

Etc. etc.…

Seguimos con la siega…

A la hora de la merienda, que nunca faltaba, se solían juntar también para compartir por lo menos un cigarrillo y la bota. Y era frecuente que al terminar, de vuelta para casa, una familia ayudase a terminar la faena a otra, para regresar todos juntos, en amable compañía. Las meriendas solían ser de tortillas con patatas, escabeche de chicharro en vinagre, o agujas en aceite, queso, cebolla fresca y algún bien adobado torrezno, y chorizo, costilla o solomillo de la orza.

También tengo recuerdos tristes de estas meriendas. Una vez íbamos mi hermana y yo a llevar la merienda a los que estaban segando en Valdorcao. Al subir la cascajera, oímos que las campanas de Arenillas tocaban a muerto. Nos paramos para ver si eran las de Arenillas o las de Renedo. Y eran las de Arenillas. Al llegar dimos la noticia, que ya sabían, (pues las campanas en verano, si no hay cierzo, se oyen desde lejos), y confirmamos que eran las campanas de Arenillas. ¡Más hubiera valido que no las hubiéramos escuchado! Aquella merienda, fue más triste que un velorio. Y no había cómo salir de la ignorancia, por no tener a quien preguntar (no había celulares). “Puede ser fulana, -decía uno-, que anteayer decía que estaba mal…” ¡No puede ser, si yo la vi esta mañana que iba a echar a las gallinas al corral!, -afirmaba otro”. Y así recordábamos a todos los más ancianos del pueblo.

Al final terminábamos matando a medio pueblo, y ya nadie hablaba. Tal era la angustia que teníamos que nos venimos a casa una hora antes. Y al que encontrábamos por el camino le preguntábamos: “Por quién doblan las campanas…” Pero estaba como nosotros. Cuando llegamos cerca del puente, preguntamos al pastor y salimos de la duda. Y una cosa era la que decías de labios a dentro: “menos mal, pensaba que había sido…” y otra de labios a fuera: “Que Dios le tenga en su Gloria…”

Años más tarde, estudiando en los Frailes, cuando vi la novela de Hemingway, “Por quien doblan las campanas”, sobre la guerra civil española, me la devoré en dos días y pude entender perfectamente el significado del título. 

 

El tiempo de la trilla era criminal. Desde la una de la mañana a las cuatro ya comenzaban a cantar por el pueblo, –no los gallos, sino- los carros. Los que salían para el monte (“la montaña” –decían-) eran los más madrugadores. Si les tocaba ir a las lagunas, las cuestas, la majada o el pradillo Miguel, tenían, dos horas de camino, otra hora para cargar y dos para volver. Y un carro, era poca mies para trillar todo el día, si se tenían dos trillos. Después había que hacer otro viaje, a alguna tierra cercana para poder comenzar a trillar a las diez, hora solar.

Era tal el sueño y cansancio que, aunque parezca imposible, se dormía hasta en el carro, o por lo menos se descansaba, sobre todo en el viaje de ida. Alguno más dormilón, también aprovechaba el de vuelta. Más de uno se cayó dormido del carro lleno de mies o le salvaron las mallas, a las que se agarró para no dar con su humanidad en el santo suelo. Y es que entonces, no había caminos como los de ahora. La mayoría estaban inclinados y llenos de cantos y cárcavos.

Después, todo el día en el santo trillo, dando vueltas como rodezno de molino, hasta que quedaba toda la paja bien molida, que solía ser a las ocho de la tarde (hora solar), que era cuando se aparvaba. 

A media trilla, sobre todo si era centeno, aparecían los “arrollaos”, es decir el bálago se amontonaba delante del trillo, convirtiendo este en una aparvadera. También sucedía esto, cuando te dormías o distraías y no ponías a tiempo la lata para recoger las boñigas de la vacas.

Hasta los animales se revelaban en contra del duro trabajo. Recuerdo un día, al atardecer, la yegua (Estrella se llamaba) ya se cansó de tanto dar vueltas y arrampó con trillo y trillador por el cascajal, pasó el río y quedó incrustada entre las plantas con el trillo descuageringao. Decía mi padre que la había picado la mosca… ¡vete tú a saber! 

Los que habían ido a acarrear a la mañana, tenían un sagrado tiempo después de comer para echar la siesta, bien en la casa, a la sombra del carro, en la caseta, o bajo algún chopo, solamente interrumpida para dar la vuelta a la trilla de vez en cuando.

Y además no había que descuidar el sulfatar, el riego de patatas, fréjoles, alubias y el huerto. Ordinariamente era a la noche, para que la canícula de agosto no secara la poca agua que iba por los surcos. 

El trillar era trabajo mayoritariamente de los chiguitos, mujeres y abuelos. Lo propio de los chiguitos era ir por agua a la fuente varias veces al día, y recoger las ciruelas caídas a la huerta propia o la del vecino. La verdad es que casi toda la gente del pueblo estaba en las eras que rodeaban el pueblo. Los más viejos, los veraneantes y los que no hacían verano, solían salir a la tarde ya caído el sol, como los murciélagos a disfrutar de la fresca. 

A esa hora también se oía algún que otro canto, que se había aprendido de los dulzaineros de S. Pelayo y hasta algún latín de los que se cantaba en la iglesia. Porque no había más que dos o tres radios en los que a duras penas se escuchaba “el parte” a la noche, porque de día no había luz.

Y hablando de iglesia, recuerdo que un domingo de verano, estábamos en misa, que era a las doce, cuando atrás, en las escaleras del coro, se oye un ronquido fuerte, y alguien que dice: “el mudo”, y todos los chiguitos incluidos los monaguillos, echamos a correr para afuera, sin esperar a más explicaciones. Y es que el tal mudo, era un pobre que tenía la boca daleada y era malo. A los chiguitos que nos reíamos de él, nos insultaba y sacudía enseguida con la cachaba. Y cuando a causa del vino se dormía en cualquier pajar o rincón, roncaba como arrancada de tractor. Y resulta que el del ronquido era Román, que ese día había ido a acarrear a la “Lagunas” y de segundo viaje a “los corrales”, y por eso andaba escaso de sueño. 

Y hablando de los Corrales del monte les contaré eran como un pueblo importante pero sin habitantes. No pasaban de diez los corrales que había. Todos tenían letreros pintados con tizones o mazarrón con el que se pintaba a las ovejas para distinguirlas. Uno era “Gran Cine” otro “Cantina” otro “Bar”. El de más allá “Teatro Gran Vía” y “Pastelería”, “Ultramarinos”, etc. Parecía una gran ciudad. 

Recuerdo que me contaba mi tío Virgilio el de San Martín, que siendo él chiquito y estando segando en “Valdorcao”, mi padre le vio que se entretenía más con los saltacapas que arrastrando, y le mandó a llenar la bota de vino al bar del pueblo de los corrales. Al cabo de un buen rato, viene diciendo que no hay nadie en el bar del pueblo, que solo hay cagalitas por las calles y todas las casas están todas cerradas. Y mi padre lo tranquilizo, diciéndole que posiblemente estarían en misa.

Durante todo el verano no había descanso alguno. Ya al principio del verano el Sr. Cura leía en la Iglesia la Santa Bula, por la que se permitía trabajar los domingos con obligación únicamente de oír misa. 

Los domingos a las 12 todo el mundo iba religiosamente a misa, con la ropa que uno tenía y con el sueño también encima. 

Solamente se celebraban dos fiestas: Santiago el 25 de Julio, y Nuestra Señora el 15 de Agosto. Esos días descansaban hombres, animales herramientas y perros. La víspera, al atardecer los mozos daban un volteo de campanas, por si alguno no se había enterado, y después a darse un baño en el río, el único de todo el verano. La camisa, terminaba ese día su ciclo de vida útil. Ya no servía ni para tapar el albañal.

Para San Esteban, la fiesta de Renedo el 3 de Agosto, ya se estaba terminando la siega y aún no había muchas trillas en las eras. Esta fiesta caía mal. Uno no sabía si echarse a dormir largo y tendido para recuperar el sueño atrasado, o ir a mover un rato el esqueleto a Renedo. A más de uno “se le paró el reloj” en el baile o la taberna a causa del vino y cuando llegó a casa tuvo que cambiarse de ropa y dormir la mona en el carro que ya salía a acarrear.  La beldada ya era más llevadera. No se madrugaba tanto. El calor ya no era tan fuerte y los atardeceres invitaban a dar una recorrida por las eras conversando con los vecinos, haciendo cálculos sobre cuanto había pintado ese año la cosecha.

La verdad es que yo no entendía a la gente. Por una parte se quejaba de tener que hacer el verano, y por otra se quejaba de que había poco verano… Más complicado era cuando se hacía todo a bieldo, pues había que contar con el viento que soplaba cuando quería y de donde le daba la gana. Y sabido es que hasta la tarde no comenzaba a soplar el “cierzo” o el “gallego”, y cuando por fin salía, había que aprovecharlo hasta bien entrada la noche. 

Para este tiempo llegaban algunos veraneantes y cazadores de codornices y el pueblo se animaba. La bielda no era trabajo muy continuo. Porque por menos de nada se cambiaba el viento, sobre todo por las mañanas y ya estaban dando voces a los chiguitos para que trajeran ligero las ruedas de la máquina de beldar con las que estaban jugando. Poníamos un palo de eje y a rodar con ellas por las eras. Las chiquitas lo tenían más difícil porque se pisaban la bata y caían de bruces. 

¡Y que buenas meriendas se hacían! En las eras, a la sombra del carro, de la caseta o de la máquina de beldar, se abrían los capazos, se extendían las mantas, y navaja en mano se comenzaba, con calma y sin prisas, a dar buena cuenta de las buenas tortillas de patatas y cebolla, de los últimos torreznos de la orza, del buen queso de Villalón o de de las famosas uvas de Toro, del escabeche de chicharro y de las dulces ciruelas claudias. En el pueblo había viñedos, pero maduraban muy tarde. Eso lo sabíamos bien los chiguitos que dando vuelta por “Valdecerezos” y por “Valdeherrera” caíamos como grajos sobre las verdes cepas y allí comíamos las que podíamos y entre camisa y corita, traíamos para casa un par de kilos. 

Y hablando de “Valdecerezos” (no sé de donde le viene el nombre, pues allí nunca vi cerezos) enseguida te viene a la memoria los famosos cangrejos. ¡Cuantos kilos de crustáceos no se habrán sacado de ese insignificante rió! Parecía mentira que hubiera tantos. Hoy día, que todo se compra y se vende, podemos decir que ese río, dio más comida que cualquier quiñon de la riguera. Hacia las cinco de la tarde (hora solar) ya veías grupos de dos o tres subir por el camino Valles (previa visita al nogal de la Vale, por ver si alguna nuez había caída y si no se la hacía caer de unas cuantas pedradas), a caer al valle, o por las Quintanas a caer a los “Lozillos” o por la carretera a la cantarilla y coger el propio “Valdecerezos”; con el saco al hombro, un caldero y la famosa horquilla, para sacar los reteles. Y no podía faltar la merienda, entre sacada y sacada de reteles, ¡Qué bueno que sabía, aunque no fuera más que un trozo de pan con queso y una cebolla! Por la mañana ya se habían matado algunos pardales o ranas para cebo. Peces no se debían poner ni queso, porque salían culebras.  El único trabajo que nos mandaban a los chiguitos en la bielda era, además de tener siempre llenos con agua de la fuente los botijos, quitar las grancias, la paja y el grano. Pues para dar la zancada no servíamos. 

Mientras el grano estaba en la era envuelto con la paja estaba seguro. Pero cuando la beldada lo separaba, ahí le venía a más de uno la tentación de querer hacer el verano sin tener que segar, trillar ni beldar. Por eso había que ir a dormir a la era. ¡Cuantas anécdotas se cuentan de estas vigilias! Como de la falta de sueño los mozos ya estaban equilibrados, la inteligencia y la picardía comenzaban a funcionar. Se juntaban los mozos y con la disculpa de que iban a dormir a la era a cuidar el grano y se iban a mangarla a las huertas, a cambiar o esconder entre la paja los trillos, las horcas y bieldos y a dar algún susto a alguien o simplemente a vaciar varias botas de vino hasta el amanecer. Contaban que a uno que tenía el sueño “pesado”, le clavaron con ocho estacas la manta con la que estaba tapado cabeza y todo, y cuando despertó no podía levantarse… 

Ya bien entrado septiembre, venía la metida de la paja en el pajar. Había que armar el carro con tableros y mallas y preparar las garias. Y a calcar la paja del carro primero y después en el pajar. Esto solíamos hacer los chiguitos. Hacíamos con un saco un cucurucho, le poníamos por la cabeza y así evitábamos que las gariadas de paja con las que cargaban el carro te molestaran. Era incómodo por el polvo que tragabas, pero divertido. Ir arriba en el carro lleno de paja era una sensación única, ibas mirando las casas por encima de las tapias y cuando pasaba alguien se le bautizaba con un puñado de paja. 

Y después al pajar, a calcar la paja. Aquello era más divertido que los colchones inflables y los peloteros de hoy. Saltábamos por el bocarón a dentro del pajar, nos tirábamos horconadas de paja y dentro del pajar lo único que teníamos que hacer es saltar, así que fiesta completa. 

Y finalmente estaba la barrida de la era, ¡Que no se terminabas nunca…! Siempre quedaba lago: las grancias que había que volver a trillar, beldar, y cribar; los garbanzos, lentejas y fréjoles que había que apalear, beldar y acribar. Hasta el tamo se barría. 

No había que dejar nada en la era, para que pudieran salir las celestes “quitameriendas” con las primeras lluvias, como agradeciendo todo el esfuerzo y el trabajo que en las eras se había hecho, avisando a los chiguitos que la escuela iba a comenzar pronto.


Donato Vargas. 2006

 

 

 

ME LO CONTÓ MI PADRE

 

No sé si es cuento o es sucedido. Me lo contó mi padre. Y la verdad es que tenía tanta escuela para contar cosas, que uno dudaba si eran inventos suyos o realmente le había sucedido.

Resulta que un domingo a la tarde se fue con Martiniano y Cayo al molino, que dista casi un medio kilómetro del pueblo de Arenillas, a merendar unos patos que habían cazado, y que Cristina, la molinera, guisaba como los dioses. Después de rezar el rosario en la iglesia, como era costumbre por aquel tiempo, con más apetito que dinero, se encaminaron al molino dispuestos ha meterse entre pecho y espalda el guiso, 

A la mitad de la merienda, el molinero tuvo que irse a echar el agua a la presa del molino. 

Terminada la sabrosa merienda, adobada con abundante clarete, llegó el trágico momento de pagar. 

Puestos de acuerdo anteriormente, sobre la forma de liberarse de este trance doloroso, todos a una le querían pagar. Todos sacaban la cartera pero nadie la abría. Y la atosigada molinera no sabía a quien cobrar.

Entonces Quico, con la aparente buena intención de sacar del apura a la pobre molinera le dijo: ¡Esto, Sra. Cristina, se soluciona inmediatamente!  Mire. Vamos todos al molino que hay un espacio más amplio. Allí la vamos a tapar los ojos. Y al primero que coja, ese paga la merienda. Le pareció bien la propuesta a la molinera. Pues pensó que se dejarían coger enseguida. Dicho y hecho. La tapan los ojos con el mandil, la dieron dos vueltas como para desorientarla, y sin hacer ruido, como cuando se sale a media misa, abriendo despacio la puerta se largaron uno tras otro a carrera tendida para el pueblo. Como a la media hora, llega Donato, el molinero. Y al abrir la puerta, la molinera, ya nerviosa, de no poder pillar a nadie, le agarra con fuerza y le dice:

¡Te cogí! ¡Tú pagas el pato! 

-¡Sí, invecil!. ¡Yo pago el pato!. Porque los otros “ya han puesto pies en polvorosa”. 


Donato Vargas. 2006

 

 


EL GALGO DEL SEÑOR VÍCTOR

 

Se encontraban en la feria de Cervera, en invierno, un grupo de arenillanos, que habían llegado a caballo y burro, y los más pudientes en “la rubia”. Más que por comprar algo, habían ido por salir un poco del pueblo y ver qué había en la feria. 

El caso es que, estando allí, se les acercó un señor, de los de sobrero de paño, y con mucha educación les preguntó, si sabían de alguien que vendiera galgos. Inmediatamente “mosca” cogió la onda, y antes que nadie respondiera terció diciendo: “Pues justamente, en Arenillas de San Pelayo, de donde somos nosotros, hay un señor llamado Víctor, que tiene media docena de ellos a cual mejor, y precisamente está deseando vender algunos, porque ya no quedan liebres en el campo; todas las han pillado”.

Los compañeros se agarraban la cintura para no reírse, o se daban media vuelta para que no les viera reírse.

-¿Y cómo dice que se llama ese señor, y dónde vive, si se puede saber? – Preguntó el del sombrero-.

Inmediatamente mosca le dio la información precisa y detallada, y al punto desapareció el buen hombre.

Marcharse el del sombrero y comenzar a reírse a carcajada limpia fue todo uno. Porque, el tal señor de los galgos de Arenillas, andaba tan escaso de matanza que no tenía ni para comer él, menos va a tener para criar galgos. Y precisamente por eso le llamaban “galgo” de apodo, porque se parecía a ellos en lo flaco. Tuvo en tiempos un perro más flaco que un suspiro, y cuando le decían que haber si daba de comer al perro respondía: “Bastante hago con calzarle vestirle y darle cama”.

Como unos ocho días más tarde, una mañana, estaban reunidos un grupo de hombres al calor de la fragua, como era costumbre en invierno en Arenillas, y en todos los pueblos de la zona, y de vez en cuando ayudaban con el macho al herrero. 

En esto, oyen que pasa por la carretera “la rubia” para abajo y para. Todos a sacar la nariz a la puerta para ver quien bajaba. Pues el que llegase un forastero al pueblo era un acontecimiento que nadie podía perderse. Y precisamente ven que baja el del sombrero de Cervera.

En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron todos de la fragua. El primero “mosca”, y después los de la feria de Cervera. Solo quedó uno que era sordo y el herrero que no estaba muy bien enterado del asunto. Llegó el hombre y se dirigió a la fragua preguntando dónde vivía el señor Víctor. El herrero, muy comedido y amable, le hizo enseguida el favor.

Lo demás, pueden imaginárselo ustedes y por mucho que se imaginen, aún será poco. 

Dos horas estuvo el buen hombre dando vueltas por el pueblo a ver si veía al que le había dado la falsa información en Cervera. Pero nadie soltaba prenda.

“Mosca, estaba más encerrao que morcilla en mosquera.

Cando por fin el hombre del sombrero subió a la “rubia”, que venía de vuelta para irse a Cervera, en cinco minutos se llenó la fragua de curiosos preguntando al herrero, a qué venía ese señor y los de la feria los primeros. Y se armó tal algarabía que hasta la tobera se le apago, porque con la risa nadie podía dar al fuelle. 


Donato Vargas. 

 

 

 




COPLAS


Siempre viví en la Valdavia
Y morir en ella quiero
Que corre el aire más puro Y estoy más cerca del cielo.

¡Arenillas, Arenillas!,
De San Pelayo te dicen Te llaman también de arriba Y como no, de los Frailes.

¡Arenillas, Arenillas!
Con tu Iglesia y convento, Eres envidia de todos Y de la Valdavia en centro.


Desde el monte a Valfrío,
Desde Renedo a Villaeles,
Pueblo limpio encontrarás
Con gente buena y alegre.


Preguntará el forastero, 
¿De dónde viene Arenillas? 
Y pues los libros nos dicen
 Que viene de arnesillas.
Arneses para monturas,
Y también para colmenas, 
En Arenillas se hacían, 
Por cientos de docenas.

No se valoran los pueblos,
Por sus casas y tractores, 
Sino por la simpatía,
De todos sus moradores.

Pequeño es más bien el pueblo 
 Como los de la comarca. 
Pero grande en lealtad 
Y con mucha fe en el alma.
 Muchas casas son de adobe 
Sus calles están torcidas. 
La gente es trabajadora, 
Alegre y muy divertida.

Es la iglesia de Arenillas,
Orgullo de la Valdavia,
Con portada románica, 
Y las tres naves bien amplias.

Tiene sala capitular 
También antiguo convento, 
Y un puñado de vecinos, 
Bien alegres y contentos.

Antiguamente, hermano,
A los condes de Saldaña,
Con cargas de trigo y barbos, 
 La renta se les pagaba.

Molino tiene Arenillas, 
También tenemos taberna. 
La iglesia no tiene torre,
Pero hay nido de cigüeña.

Ya sé que no tiene torre.
Pero hay hermoso convento. 
Y una hermosa y frondosa olma 
Con años más de ciento.

Para olmos está Renedo, 
Villaeles, para puente
De Arenillas son orgullo
Sus mozos sanos y fuertes.

Y también en Arenillas
Olmos hay que madera dan,
Alrededor de la vega,
Y en todo el alto Sanromán

Para patatas la vega,
Para fréjoles valdorcao,
Para cantos las quintanas, 
Para garbanzos el rubao.

Perdices en las quintanas 
Loncejas en la riguera, 
En el río gordos cangrejos
Y buen vino en casa “tejas”.

A la feria se va a Saldaña
A comprar el gocho a Herrera 
A por cal a Santibáñez 
Y por vacuno a Cervera.

De Báscones viene la luz, 
De Prádanos el tendero,
De Buenavista llega el pan,
De la Puebla el cacharrero,

De Valderrábano llega, 
Con lechazos el cortador,
De Herrera llega el pescado 
De Renedo el capador.

Sentao en su carro de toldo 
De arriba viene “Paciente”.
No se apura anda tranquilo 
Compra huevos vende aceite.

En febrero la cigüeña
En abril los caracoles 
En marzo hay buenas heladas 
Y en Mayo llegan las flores.

Hasta tres mentiras tiene: 
Sin peras fuenteperales
Sin cerezas Valdecerezos
Y el convento sin un fraile.

El puente se hizo en el treinta,
Y el cemento que sobró
A la fuente del lugar fue, 
Y muy bien se reparó.

La fuente de la majada,
La más famosa entre todas, 
Buena para los garbanzos, 
Y para cocer las sopas.

La fuente de los lozillos,
De agua templada y muy fuerte 
Aunque está en una ladera 
 Nunca se seca su afluente.

La fuente de la legaña, 
De la vega a la orilla está, 
A nadie le gusta el nombre, 
Pero a beber todos a ella van.

El agua de Valtijero, 
Es muy recia y es muy fría, 
Tan fría que por el verano, 
Te traspasa las encías.

¡Querida fuente del lugar! 
De agua abundante y delgada, 
Muy fría por los veranos 
Y en los inviernos templada.

Tiene peras y manzanas
Higos, guindas y cerezas, 
Dulces ciruelas claudias 
Y también cosechan fresas.

Cuando no viene la helada 
Hay nueces gordas y finas 
Agayubas en el monte 
 Y en los espinos andrinas.

Como en todo pueblo, hay motes: 
Pollas, guindas, y raposos,
Moscas, perdices, pellejas,
Tejas, pizarras, y, topos

Si alguien se da por aludido, 
Que no lo tome a mal, ¡Por Dios! 
Que los motes no hacen daño 
Son como flores sin olor.

Hombres sencillos y buenos
De fácil conversación
De por más, hospitalarios,
De buen temple y corazón.

Los domingos por la tarde,
A la solana las viejas,
Con primor hilan y tejen
Y a las vecinas “desuellan”.

A la mujer muy chismosa
La han apodado bisagra, 
Si no está siempre en la puerta, 
Seguro está a la ventana

De arriba viene la lluvia
Y el humo se sube al cielo, 
La leña viene del monte 
Y del río los cangrejos.

Ya llegan los segadores
Bien alegres y contentos,
Vienen cantando en cuadrillas 
 Echando coplas al viento.

Para enero viene Paco, 
De la mili licenciado.
Nerviosa se ve a la Rita
Todo el día está cantando.

Por agua se va a la fuente
Al monte se va por leña,
Del río se sacan los cantos 
 Y del corazón las penas.

Los chicos juegan al pite,
Y las chicas a las tabas
Los hombres a los bolos
Las mujeres a las cartas.

También se juega a la chana 
Al pincho y a los cartones. 
Se fabrican bufaderas 
Con tablas y con botones.

A las canicas se juega 
Con gallaritas del monte. 
Y a la trompa con las “perras” 
Y con “perras” al empalnme.

Ya me olvidaba del aro, 
¡Como corríamos con él! 
Con la zambomba del gocho, 
Jugábamos a balompié.

Al juego de sokatira 
 Se les teme más que a un nublo 
No te metas contra ellos 
Te dejan sentao de culo.

Por causa del Internet 
Todo esto se ha perdido. 
El plexiglás y el plástico 
Todo lo han sustituido.

Costumbres hay en pueblo 
Que no se deben perder, 
Ir a misa los domingos
Y a la cantina después.

Ya repican las campanas,
Ya llegó el cura para la misa, 
 Ya me puse la corbata,
¡Dónde está la camisa!

Cuando paso por tu puerta
Cojo pan y voy comiendo 
Para que no diga tu madre
Que de verte me mantengo.

Buena merienda se da 
Quien tuvo buena matanza. 
Los chorizos y el jamón 
Dejan bien llena la panza.

Cosas buenas como ves
Tenemos en Arenillas 
Cuídalas y consérvalas
No le prendas la cerilla…

Si sabes coplas hermano, 
Dalas a conocer presto,
Antes de que te lleven,
Para el lado del convento…

Yo estas aquí te las tiro 
Como si fueran lentejas.
Puedes leerlas si quieres,
Si no te gustan las dejas.

Algunas son bien antiguas, 
Otras demasiado nuevas,
Y todas ellas hermano, 
Sacadas de la experiencia.

Sesenta, por ahí serán,
Como mis años ahí vividos,
Si duran otros sesenta, 
Me doy por bien servido. 

P. Donato Vargas.

 


 

LA ESCALERA ENCIMA DE LA MULA

 

El tío Félix era de baja estatura, como Zaquéo, pero mañoso. Frecuentemente suelen ir juntas estas cualidades en los hombres. Por eso se dice: “al que Dios no le da fuerza le da maña”. Yo apenas si lo recuerdo. Vivía en la plaza. Y su casa, que ahora no existe, tenía dos pisos, es decir, uno y plata baja. Y en el alero de la casa, anidaban, como es costumbre, los pardales, que en primavera por las mañanas, hacían de despertador. Varios eran los nidos que había y con cuatro cinco pichones cada uno en su alero. 

Un día de esos de mediados de Junio, cuando la siesta se dormía medio al sol medio a la sombra en los patios, y las gallinas se encargaban de espantar a las moscas que molestaban, el tío Félix no podía conciliar el sueño. Una, por los pardales que veía en los agujeros del alero ir y venir trayendo cebo a los polluelos, y otra por las moscas. La cosa es que varias veces había pensado en cogerles, pero no le cuadraba bien el cómo. Era difícil llegar a es altura con la escalerucha que él tenía. Pero por fin llegó la solución. Los dos metros que le faltaban, podría suplirles con la mula. Dicho y hecho. Sacó la vieja mula de la cuadra y la ató bien corta a la argolla que para eso solía haber en los postes de las puertas, puso la montura y encima de ella, puso de almohada un saco de paja y la escalera encima. 

Todos le decían que no subiera. “Que la mula no tiene inteligencia Félix” – le decía su mujer. ¿Y si en ese momento la pica la mosca… a dónde vas tú?  Pero no hacía caso. Hizo varias veces la prueba, subiendo dos o tres escalones y bajando enseguida, como para probar que la mula no se movía. Y la mula no se movió. Volvió a intentarlo de nuevo, subiendo unos escalones más y bajando otra vez. Después de media hora de ensayos, por fin se lanzó al asalto final.

Y cuando ya estaba arriba metiendo la mano en el nido y el peso ya la molestaba, la mula “metió la pata”, es decir, se corrió, y el tío Félix dio con su exiguo cuerpo en el mismo lugar en que tenía que estar durmiendo la siesta, pero con una costilla rota.

¡Que pasó! Pues que la mula se cansó con tantos ensayos y quiso acomodar la molesta carga y con ello desacomodó las costillas del tío Félix.

Oí contar que en otra oportunidad estaba subido a un zalce cortando unas latas, allá por la huerta de la Sra. Eustorgia, camino a Renedo. Y en un descuido, se resbaló y quedó colgado de la chaqueta en una rama entre el cielo y la tierra como Absalón, el hijo del Rey David. 

Como a la hora de estar en esa incómoda postura y cansado de pedir auxilio, llegó el tío Celerino que estaba arando cerca y se dirigía a los matorrales “a tirar el pantalón”, y pudo auxiliarle.

Son cosas que pasaron, digamos historias pequeñas pero interesantes de los pueblos, y que se van perdiendo como se perdieron las relampengas, el juego del pite, del pincho, de los cartones, del aro, del empalme y el cantar, el silbar y el hacer escobas con baleos y mimbres, respigar y coger aceras, andrinas y loncejas, y como se perdió mi abuela. Por eso las cuento.

 

D. Vargas 

 

 

 

LA BURRA QUE REÍA

 

Sucedió en Arenillas. ¿Cuándo? La verdad es que no importa mucho la fecha, pero pongámosle 30 ó 40 años atrás.

Antonio tenía una burra, de las últimas de la especie asnal de la comarca. Y a ciencia cierta no se sabe quien era más famoso, ella o el dueño. A varios cantamisanos tuvo el honor de pasearles en carro por las calles del pueblo. Y cuando rebuznaba lo hacía en latín, según decía el dueño. Pero solo decía “sursum”. Porque si decía “corda”, la medía el lomo con el cordel. La cosa es que con más frecuencia de lo habitual oías a la gente hacer la comparación, “…más que la burra de Antonio”, para bien y para mal.

Cuentan que un día, no sé si por causa de los truenos de la tormenta que se cernía por el pueblo, o porque el estómago la ardía del hambre que venía soportando con demasiada frecuencia y al cual no se acostumbraba fácilmente, la cosa es que rompió los palos a los que estaba atada en el pesebre, le mató cuatro o cinco gallinas que dormían allí, y se comió todo lo que encontró de potable en la cuadra.

Cuando llegó Antonio, todo mansa se ubicó en su lugar tratando de disimular, como diciendo: “¡aquí no ha pasado nada, no sé de que te admiras!”. Pero Antonio, que no era hombre de conformarse fácilmente, comenzó a decirla de todo en castellano, en latín un par de “recorderis”, y después del sermón vinieron los palos. Terminada la tundra, Antonio salió a la calle, como para tomar aire sin dejar de mirarla. Y la burra, claro está, se volvió como para ver si había “escampado”, y para aflojar el lomo, que aún le tenía encorvado esperando la segunda estación. Y el bueno de Antonio, desde el medio de la calle, justo cuando pasaba la gente, salta y le dice: “¡Mírala… y todavía se ríe!”. Todos se acercaron, más que por ver reír a la burra, por ver quien era la que había recibido la paliza y lo celebraba con risas.

En tiempo en que ya en el pueblo comenzaban a runrunear los tractores, Antonio vio la conveniencia de hacer con ella un viaje de ida a Saldaña sin vuelta. Salió de mañana, como Don Quijote, “cuando el rubicundo Apolo comenzaba a pintar los campos de luces”, y por el camino de Valles, avanzaba la comitiva rumbo a la feria. De vez en cuando, Antonio se paraba y decía: ¡“Mira hija, observa los campos verdes, míralos por última vez! ¡No creo que vuelvas a verlos! ¡Irás a la ciudad, te alimentaran bien, pero acabarás en mortadela! ¿Sabes lo que es mortadela…? ¡Mejor que no lo sepas! ¿Me guardarás rencor? No te preocupes, diré que eres buena…

¡Pero esto es el colmo, tener que decir para venderte, que eres buena! Y así, cuentan los acompañantes que se pasó todo el camino hasta Saldaña, hablando con la asna. Pero a diferencia de la de Balán, esta no le respondía, callaba en meditabundo silencio.

Al mes de venderla, alguien en el pueblo, como para tirarle de la lengua le dice:

“Antonio, ¿Qué tal la burra, no tienes noticias de ella?

-  ¡Pues sabes que sí! Tengo noticias. ¡Me ha escrito…! ¡Me ha escrito una carta en latín!

-  ¿Y que dice en la carta… me la puedes traducir?

-  Pues dice, que lo está pasando muy bien. Que las “malvuchis” (léase malvas) le llegan hasta la “panzuchi”, (léase panza).

Cosas más se cuentan tanto de la burra como del amo, pero en este momento no me vienen a la memoria. Si tú las recuerdas cuéntalas.


D. Vargas 

 

 

 GALLINA MUERTA QUE VUELA

 

Sucedió en la primavera, cuando las perdices cantan y ponen abundantes huevos, (hasta treinta a veces), y los chiguitos andábamos como perros cazallos, tras sus nidos así como los de grajo y pigaza. 

Un día cualquiera, del año 1952, después de haber salido de la escuela, comiendo un buen trozo de pan, íbamos la cuadrilla camino de “la cantarilla”, y Valdecerezos, en busca de nidos. Al pasar por la charca -que llamábamos-, alguien encontró una gallina muerta. Todos nos acercamos a verla y dábamos nuestra opinión sobre cómo y de qué habría muerto, y hasta de quién sería. Justo, en aquel momento, pasaba por allí un agricultor, que venía de arar con el arado encima del yugo de las vacas. Sin pensarlo dos veces, alguien cogió la gallina por las patas y con certera puntería se la colocó entre las melenas y los cuernos de una vaca. La yunta asustada, se desmadró, metiéndose en la charca y el agricultor vociferaba, blandiendo la vara al viento, con amenazas y juramentos. 

Pero, hete aquí, que en el alto las Quintanas, Don Nazario, el maestro del pueblo, (que estaba cazando perdices al ojeo) presenció toda la faena como desde un palco. 

Nadie se dio cuenta de esto, excepto David que no dijo nada. El incidente terminó, sin mayores consecuencias, yendo el nervioso agricultor para su casa, y la cuadrilla siguió su camino en busca de nidos.

 

A la mañana siguiente, quedando media hora para salir de la escuela, el bueno de Don Nazario, da la voz de: “Los mayores saquen los cuadernos. Hay dictado”. 

-¡Pero si toca Historia Sagrada! -Le dijimos.

De historias vamos hablar, pero no tan sagradas, –nos dijo-.

Escriban: “Arenillas de San Pelayo, Martes a 17 de Junio del año 1952. Dictado:

El maestro se puso a dictar:

“Era una tarde de primavera. Los pájaros inundaban el aire con sus trinos, las margaritas alfombraban de blanco y amarillo las eras, las mariposas revoloteaban de flor en flor en busca de polen.

Un grupo de niños juguetones y traviesos, salía del pueblo en dirección al campo, en busca de nidos. Un honrado labrador, volvía con su yunta de vacas de hacer las faenas del campo. (Hasta aquí nadie sospechó de la tormenta que se avecinaba).

Cuando los niños se cruzaron con el pacífico labrador, cogieron una gallina muerta…” (Aquí se nos cortó a los mayores la respiración, y se nos paralizó la mano derecha: Nadie escribía. Nos cruzamos las miradas, las fijamos en algunos sobrinos del maestro, como acusándoles de chivatos, pero no, no eran ellos)

El maestro continuó… ¿Por qué no escriben… qué pasa? ¿Saben ya esta fea historia…? 

Vamos a ver. ¡Que levanten la mano los que arrojaron la gallina muerta contra la yunta!

Nadie se movió. Con el rabillo del ojo oteábamos cualquier movimiento. Eran momentos tensos, silenciosos y terribles, la cabeza funcionaba al 3.000 por hora.

¿Entonces no ha sido nadie…? –continuó el maestro- ¡Qué raro que una gallina muerta vuele! 

Nadie se levantó. 

Entonces comenzaron los truenos, relámpagos y demás carga eléctrica… Prosiguió el maestro: “Mal educados, sin vergüenzas, chicos del arroyo, parecen que no tienen ni padres, ni religión, ni Dios”. ¿Eso es lo que les enseñamos en la escuela, en el catecismo y en la Iglesia…?” ¡Vaya ejemplo para el pueblo…! etc., etc., etc.

Esta tarde van todos al rosario y los que tiraron la gallina muerta, se van a poner de rodillas adelante, en el altar mayor. Yo estaré allí. –Concluyó el maestro-.

Nunca habíamos salido de la escuela con tanta disciplina y silencio. Ya en la calle, como imán que atrae, nos juntamos todos. -¿Quién se ha chivado? ¿Quién se lo ha dicho? ¡Has sido tú! ¡Yo no he sido! ¿Tú se lo has contado a tu tío? ¡Yo no le ha contado nada!

Intervino David, con su habitual prudencia, poniendo luz en tanta oscuridad… -¡No se lo ha contado nadie, Don Nazario nos ha visto, estaba cazando, en las Quintanas le vi yo!. ¡El lo ha visto todo, todo!.

“Roma locuta, causa finita” =  Habló Roma se acabó la discusión. -Que decíamos en Teología. 

Agachamos la cabeza y para casa, a comer, y esperar la fatídica hora del rosario.

¿Y que pasó en el rosario? Mejor sería preguntar, qué pasó después del rosario. Todas las mujeres a la salida, andaban como perro que no encuentra árbol, indagando el por qué de esa penitencia. Porque como se podrá suponer, nadie dijo nada en su casa esa tarde. Preguntaban a uno y escuchaban al otro sin perder la respuesta que daba el de más allá, y salían diciendo como siempre: “¡Hay, hay que chiguitos, son de la piel de judas, más malos que la sarna!” A la media hora, (no le doy más), ya lo sabía todo el pueblo.  No hay caso, las mujeres son el mejor medio de comunicación que existe. Ya Jesucristo se dio cuenta de ello. Y por eso, cuando resucitó, fue a las primeras que se apareció. A la hora ya lo sabía todo Jerusalén.

Y al llegar a casa, tuvimos que sufrir el segundo interrogatorio por parte de nuestros padres. Pero ya se sufría con más calma, porque uno se podía ir por la tangente, diciendo que fue el otro quien comenzó.

 

Y ya que estamos, hablemos un poco de la escuela y el maestro Don Nazario. Me es muy difícil enjuiciarlo. Eran otros tiempos, otras normas y nosotros éramos el diablo. En Historia, en los Frailes me enseñaron una norma muy savia. “No se pueden enjuiciar hechos pasados, con criterios actuales”.  Era un señor ya entrado en años. Muy callado y prudente, cumplidor de su deber. Aficionado a la caza de la perdiz, con reclamo, al ojeo y a la espera. No hablaba mucho. Frío de sentimientos. No aparentaba ser muy piadoso, pero era bien cumplidor con su cargo y con la religión. También era honrado, leal y buen ciudadano. Ajeno a todo chismerío y política. 

En la escuela era constante en su trabajo y exigente. Nunca faltó de clase. Nunca le vi enfermo. Aun persistía entonces la ley de que: “las letras con sangre entran”, y con una varilla o la regla, la ponía en práctica de vez en cuando. Tenía el defecto de llamar por el mote a los alumnos, aunque se veía que su intención no era mala, sino que lo hacía para que entendiéramos. Recuerdo una vez que fui a la escuela sin la pizarra. Y cuando había que copiar los deberes que nos ponía, yo no copié nada claro es. Me llamó al orden y le dije que me había olvidado la pizarra en casa. ¿Cómo se te ocurre venir a la escuela sin la herramienta? -me dijo-. Es lo mismo que si tu padre va arar y se deja el arado en casa”. La cosa es que no me había olvidado, sino que se me había roto. Al llegar a casa se lo dije a mi padre y me respondió: “¡Hombre, el arado no cabe en el cabás!”. Vete en casa de la Sra. Sabina y dile que te dé una, que ya se la pagaré yo. Inmediatamente, sin pensar en más me fui. Pero cuando estoy por llamar a la puerta, me entran las dudas. ¿Desde cuando la tía Sabina vende pizarras, nunca lo he oído? ¡Ah, ya sé…¡Mi padre me la está mangando! A la señora Sabina la llamaban de mote pizarra. Ya estaba por caer como aquella vez que me mandó a buscar la romana de pesar, en casa de la Sra. Romana (la madre de Janines), y me respondió que ella de romana solo tenía en nombre. 

Y hablando de cabás, creo que habrá que explicar qué era. Pues era, como un portafolio pequeño sin cerradora, de madera, como un botiquín, donde metíamos los pocos enseres que teníamos para la escuela. Los había de cuero, y de cartón prensado. Los más pobres, usaban un fardel para tal efecto. 

 

Quizás sobresalían en Don Nazario más las virtudes, porque el maestro anterior, -decía la gente-, que no enseñaba nada.

Visto a la distancia, su labor era encomiable. Es difícil (imposible, diríamos hoy) llevar una escuela, de un aula sola, mixta, con bancas corridas, con tinteros que al menor movimiento se derramaba la tinta, en donde veintitantos niños de 8 a 14 años teníamos que aprender, desde hacer palotes, hasta memorizar los ríos y provincias pasando por el catecismo del P. Astete, que se tenía que saber de memoria, y darlo en la iglesia después del rosario delante de todos, durante la cuaresma. Y si te cortabas, tus padres hermanos o abuelos, desde el banco, tenían que soplarte. Y si no lo sabías no hacías la primera comunión.  Para la música no tenía cualidades, pero sí voluntad. Me acuerdo que a base de repetir y repetir, nos enseñó, en el mes de María (Mayo), aquella canción que dice: 

“Venid y vamos todos, 

con flores a María, 

con flores a porfía 

que Madre nuestra es.”


Y la forma de estudiar, en aquel entonces, era en voz alta y con tonada, como la regla de multiplicar. Aprendía uno más de oído, que por fijación en el libro. De tal forma que cuando nos tocaba aprenderla, ya la sabíamos de haberla escuchado tantas veces a los mayores. Aún recuerdo la pregunta de la enciclopedia de Historia de España. Decía: ¿Cuantos fueron los Reyes Godos? Respuesta: Los Reyes Godos fueron 33, pero los más notables fueron: Ataulfo, Recadero, Wamba y Don Rodrigo.

En invierno teníamos una estufa a leña, que daba más humo que calor, sobre todo los días de viento, pues el tubo salía por la ventana y no tiraba bien. Y para sacar el humo, había que abrir las ventanas. Total que para lo único que servía, era para calentarnos las ateridas manos en el tubo y poder así escribir algo. Pero no faltaban los que te empujaban las manos contra el tubo y te quemabas. 

Se jubiló, o mejor dicho se retiró, -como se decía entonces-, estando yo en la escuela. Y a pesar de que le teníamos respeto y algunos hasta miedo, cuando terminábamos el último día de clase, más de uno lloraba, sobre todo las chigitas.

Estaba de cura, en aquel entonces, Don Jesús Largo Treceño. Un santo barón, muy querido por todos y muy dado al pueblo. Todo el día estaba visitando a la gente y sobre todo los chiguitos no nos separábamos de él.

Pues Don Jesús, propuso que no se podía despedir a un maestro así, sin más. Que había que hacer algo. Y se lanzó ha preparar la despedida que consistía en sainetes, poesías y cantos.

Y se logró una despedida como se merecía. Trabajó duro y parejo para hacernos aprender los papeles a base de ensayos y ensayos, pero al fin salió bien. Se hizo en el salón de arriba del convento y acudieron hasta de los pueblos vecinos. Aún hay algunos y algunas que recuerdan de memoria la poesía que les tocó echar. Yo recuerdo el canto del coro que decía: “A la puerta del molino / hay un ratón con un diente, / mirando a la molinera / como bebe el aguardiente. / El peral de molino no tiene peras / que se las ha comido la molinera, / la molinera niña la molinera, / el peral del molino no tiene peras”.  Ahí, en el pueblo, en lo que actualmente es el Teleclub, ahí era la escuela. Y hasta hace poco había una lápida de mármol que lo recordaba. ¡Lo de la gallina no, ni lo del rosario…! ¡La despedida de Don Nazario…! 

 

Comenzamos con la gallina muerta y terminamos con la molinera… Así es la historia, la historia verdadera, de esos pueblos, en los que parece que no pasa nunca nada digno de contarse, pero que tienen su historia. Y para que el tiempo no la borre, yo he relatado esta, como yo la viví, con la mayor fidelidad posible. Quizás otros tengan otras opiniones distintas. Me parece normal. Pues cada uno ve la vida del color de las gafas que tiene. Le invito a que las cuente para tener una visión más completa. 

Donato Vargas 2006

 

¿CÓMO SE PODÍAN ENTRETENER EN INVIERNO?


Más o menos, esta es la pregunta que se hacen los de la capital, cuando pasan en coche a todo lo que da, por estos pueblos. Y ahora no tanto, porque tenemos radio, celular, TV, e Internet. Pero hace cincuenta años, cuando no había ni luz por el día, ni llegaba un pinche periódico, ni surgía una noticia que mereciera la pena perder tiempo comentándola. La vida debía ser aburrida de solemnidad.

Es un interrogante que nunca se acabará de explicar. Porque es difícil imaginarse que la gente se pueda divertir en algo distinto a lo que ellos hacen. La respuesta a esta pregunta hay que buscarla, más que en la razón misma, en el prejuicio que todos tenemos al pensar que, el que no trabaja, se divierte o entretiene como ordinariamente lo hacemos nosotros, seguro que se aburre. Y no es así. La diversión, el trabajo o el entretenimiento nacen de la ilusión y el interés que se pone en lo que está haciendo. Y la ilusión no es un producto que se venda en las boticas, ni lo garantizan los programas de TV, ni la computadora. Es algo personal. El que la tiene la tiene y el que no, no la tendrá por muchos aparatos electrónicos de avanzada de punta que maneje, o por estar todo el día en la Puerta del Sol de Madrid rodeado de gente las 24 horas del día.

Porque en las restantes estaciones, mal que mal, con el trabajo en el campo y el paisaje, la caza y la pesca, les daba la impresión que en estos pueblos la gente tenía en qué entretenerse. Pero en invierno, cuando si no son las heladas, son las nieblas cerradas y si no las lluvias, y de vez en cuando la nieve, la verdad es que no acertaban a imaginarse, qué podían hacer o en qué podían matar el tiempo para no aburrirse como grillo sordo y mudo durante los largos y fríos inviernos.

Para mi humilde entender, hay tantas formas de entretenerse y divertirse, como personas o pueblos. Cada uno se las ingenia como puede y hasta hay algunos que son capaces de sacarle virutas a un huevo o hacer reír a un muerto, y por lo mismo es difícil de medir, o de comparar esto. No podemos decir, con razón que antes no sabían o no podían divertirse, porque no tenían los cachivaches que tenemos ahora, o que no trabajaban porque no tenían las máquinas que tenemos ahora, o que se morían de frió porque no tenían las estufas que ahora tenemos.

 

A mí me tocó pasarlo de chiguito en Arenillas de San Pelayo y guardo un grato recuerdo de aquellos inviernos. Pienso que en los demás pueblos de la zona sería igual. 

Centrándonos en el tema del título, tenemos que aclarar, que no todos los días hace frío en invierno en la Valdavia. Son los menos. Si, es verdad, que las calles estaban casi siempre llenas de barro. Pero había albarcas, (en otros lugares las llaman madreñas), y senderos por los que se podía caminar sin embarrarse. Y además, el embarrarse ya era una diversión para los chiguitos. Y hablando de albarcas, cuando se entraba en la iglesia para la misa o el rosario, se dejaban a la puerta. Y nosotros los chuiguitos, salíamos corriendo los primeros y las cambiábamos todas. Después nos subíamos al campanario para ver desde allí como se enfadaban las mujeres buscando cada una su par. Se comentaba en el pueblo que una vuelta, mi tío Guinda, al salir de noche de la boda de su prima la Vale un poco “punteao”, tropezó con las albarcas que siempre las ponían bien cerca de las puertas debajo el alero, y se dio un buen talegazo. Se levantó como pudo y comenzó a juramentos y media docena de albarcas, las mandó al tejado más alto del pueblo. Y por que no le dejaron… si no, allá tira las treinta que había en la fila. Al día siguiente temprano, andaba con mal cuerpo y peor humor, empalmando dos escaleras para subir por ellas, antes que los dueños fueran a avisar a los guardias de Buenavista.

 

Pues – como veníamos diciendo- en invierno, si el día estaba bueno, -que eran los más-, siempre había algo que hacer en las tierras: ensanchar limpiar y ahondar algún arroyo, cortar algún espino que había crecido más de la cuenta, cavar a pala algún pequeño linar de la vega o el huerto, cavar la viña, podar los árboles frutales, enterrar los puerros y escarolas o sacarlos e irlos a lavar al río, ir al monte a cortar la suerte de leña que te había tocado, traerla a casa, picarla y meterla en el leñero, meter en sacos las patatas para venderlas, sacar el abono con los carros al abonadero, que solía estar a las afueras del pueblo, y darlo vuelta con buena luna para que no se quemara y otros muchos trabajos propios de los labradores. 

Ahora, hay que decir en honor a la verdad, que todo esto se hacía con mucha calma, sin prisas. Y si se terciaba una conversación interesante, se tiraba uno dos o tres horas dándole a la sinhueso.

Recuerdo un día que mi hermano Tomás se fue a las tres de la tarde en casa de Marcelino (el que se vino de Villaeles a pie con las alforjas de la mula al hombro por temor a que le pusieran una multa los guardias) y volvió a las diez de la noche. Se pasó todo el día cascando con Marcelino. No sé que historias se contarían. 

Un espectáculo que nadie se perdía eran las riadas. Todos íbamos una o dos veces a verlo. ¡Ya tapa la pilastra, ya llega hasta la fuente la legaña, ya está por entrar en casa Quico! Y allí se pasaban horas y horas contemplando el espestáculo de la crecida del río. Algunos más prácticos ya estaban preparando la rofalleta para coger relampengas y otros pececitos que se resguardaban en las orillas y con ellos hacer una exquisita tortilla. Santiago Marito era en esto un lince.

Lo que no se quería hacer hoy, se dejaba para mañana, y no pasaba nada, nadie te apuraba. Se levantaba uno a las diez, pues antes hacía frío, y a las ocho de la noche ya se estaba cenando.

Si el día estaba como para no salir de casa, porque llovía o nevaba, entonces se cambiaba el ritmo. Lo primero que se hacía era armar una buena lumbre en la hornacha con buenos troncos de roble para que durasen todo el día, y calentaran bien toda la casa. Otras cosas faltarían, pero lo que era leña para cocinar no faltaba en ninguna casa. Todos los años allá por octubre, se hacían las suertes en el monte, cada año en un lugar y todos tenían leña en abundancia. Me contaba mi abuela que antiguamente, existía la costumbre (ley no escrita), que cada día un vecino del pueblo tenía que mantener el fuego en la casa durante toda la noche. La razón era que como las cerillas eran un artículo de lujo y no todos tenían, al día siguiente de madrugada iban todos a esa casa por una brasa, para prender la lumbre y había que dársela.  Se desayunaban unas calentitas sopas de ajo y un par de torreznos de tocino o de frescos huevos fritos, que como todos tenían gallinas, no faltaban nunca en casa. 

Después asomaba uno la nariz a la puerta, a ver si algún vecino hacía lo

mismo y se invitaban el uno al otro a la fragua, y allí se pasaba la mañana al calor de la tobera ayudando al herrero con el macho o a dar el fuelle.  ¡Y cómo no! Estaba también la taberna del tío Fernando en la plaza, donde algunos ya de mañana, iban a darse un latigazo de orujo o aguardiente, como para ir calentando el cuerpo. Y a la hora de comer a casita, a meterse entre pecho y espalda un buen plato de garbanzos con el consabido chorizo, tocino, algún corvejón de cerdo o cordero, y el infaltable relleno. 

Después si terciaba, una buena siesta. Y a media tarde a la taberna, a echar la partida mientras se consumía un cuartillo de vino -en porrón, para que durase más-, y hasta la noche. Y después de cenar un buen palto de fréjoles, alubias, lentejas o de patatas cocidas con una tortilla o algún chicharro frito o torrezno de tocino o adobo; como las noches eran largas y no había que madrugar al día siguiente, con frecuencia se armaba la velada. Se juntaban las familias y comenzaban los cuentos, los dichos, los sucedidos, las anécdotas de la guerra, de la mili, de los veranos, de las ferias, a la vez que se asaban castañas, se cascaban piñones, nueces, avellanas, ayucos, almendrucos, con las infaltables pipas, chochos y cacahuetes. Las mujeres y las abuelas a hilar, cardar, tejer y hacer calceta y darle a la sin hueso. Los mozos y las mozas se enzarzaban en interminables partidas de brisca, de las siete y media o los cinco montones. Y los que perdían, tenían que pagar la chocolatada y así hasta las tres o cuatro de la mañana. Hacían realidad aquello de la copla que dice: “No hay vida como ser mozo, / y un duro en la faltriquera. / Si quiere tronar que truene / si quiere llover que llueva”.

Había días que realmente que no daban ganas ni de levantarse. No se abría la puerta de la calle hasta las doce. Me contaba mi padre que había un criado gallego, que un día de estos fríos de verdad, desde la cama le decía el amo: “¡Chacho! ¿Qué tiempo hace? Y el gallego respondía desde la cama abriendo un ojo: ¡hace frío, hiela, llueve y quiere nevar, los cuatro tiempos quieren andar! Pues acuéstate. -Ya estoy le decía el gallego-, que ni siquiera se había asomado a la ventana. 

 

Había trabajos especiales que se dejaban ya expresamente para estos días fríos y lluviosos de invierno, como poner púas a los rastros, garias y bieldos; mangos a los azadones, picos, hachas, palas y horcones; colas y abrazaderas a los arados, repasar las melenas, acornales y sobeos; escoger las grancias de los fréjoles y garbanzos, que a las apuradas se metieron en casa por la lluvia en octubre; y otros trabajos que nunca faltan en una casa de labranza. Pero todo esto se hacía en familia y en la cocina, que solía ser grande, al calor de la hornacha que había que tener siempre bien atizada.

Y todo esto sin dejar de hacer los trabajos que eran de todos los días: echar de comer a los animales: gallinas, conejos, vacas, ovejas, yeguas, y cerdos, llevar a beber agua a las vacas al río o a la laguna de los huertos de la carretera; sacar las ovejas del corral y llevarlas a la manada, lo mismo que las yeguas o caballos y a la tarde esperarlas para encerrarlas; limpiar las cuadras, quitar los huevos a las gallinas, ir por agua con la botija y el cántaro a la fuente del lugar por lo menos dos veces al día; ir a lavar al río o a la presa de Villaeles cuando venía el río sucio, y tender la ropa donde se pudiera secar; picar los nabos, remolachas y hasta patatas para las vacas cuando estaban baratas y no se vendían, cocer los chochos y meterles en un saco y ponerles en el río, o en el pozo para que se les vaya el amargor y así podérseles dar a las vacas, (nosotros también los comíamos con un poco de sal). No había que sacar la basura. Los perros, gatos, gallinas y cerdos reciclaban las sobras de la comida que era una maravilla.

Por este tiempo también hacían su aparición los “dentistas de Cantalejo” (léase los trilleros), es decir los que venían en cuadrillas a cambiar o afilar las piedras de los trillos. Se tiraban dos o tres días en cada pueblo y siempre estaban rodeados de vecinos que se quedaban admirados de la destreza que tenían en el manejo del martillo. Pero pronto se retiraban, porque con el ruido de los martillazos no se podía conversar mucho. Te dejaban los trillos con los dientes (piedras) bien afilados para el verano. Estos hacían el verano en invierno. Los pastores de ovejas (había tres manadas), iban por las casas (casi todos tenían ovejas), avisando a donde tocaba ese día sacarlas: al puente o a la era de la taberna. El leguachero, en cambio a eso de las nueve, hacía sonar dos o tres veces el cuerno y allí donde sonara, se llevaban los caballos, yeguas, machos y burros,

Como se puede ver, trabajo no faltaba para el que quería. Recuerdo que muchas tardes se armaban partidas de nita en los patios de los corrales o en algún cobertizo resguardado del frío y viento. Y como la distancia solía ser más bien corta, se agrandaba la dificultad, poniendo la nita detrás de una columna que asomara sólo un poco o detrás de una piedra. Y a la par, siempre había quien probaba suerte a las charpas, al empalme o a la peonza y perindola.

 

Y en casa no faltaba quien armaba la matraca o la carraca para que los chiguitos la lucieran en la próxima Semana Santa. También se fabricaban bufaderas con tablas finas y con los botones de los tabardos y pellizas, y chiflitos con cortezas de chopos o pedazos de azulejos. Los más duchos en la materia, se animaban a fabricar chías, con ramas secas y gordas de zarza que están huecas, o palos de saúco. En aquel entonces Llanes, un pastor de Villaeles, era en esto todo un auténtico maestro. 

Las chiguitas, además de las consabidas moñas, se ponían hacer sus pinitos con el tejido, la costura y el bordado, se entretenían con las canicas, y con hilos que se ponían en los dedos de las manos haciendo figuras de rombos, cunas, espejos y arañas, sin deshacer la figura anterior.

También solíamos tostar granos especiales de maíz que se abrían y llamábamos palomitas. Con un poco de azúcar estaban riquísimos. 

Y como el tiempo daba para todo, la abuela hasta hacía caramelos. ¡La verdad es que no sé cómo! Debía ser con azúcar deshecho al fuego en la sartén, y luego lo cortaba de blando con el cuchillo haciendo cuadraditos.

Hay algo que no me puedo olvidar. Para Todos los Santos se solía ir a Herrera a comprar un lechón o dos, para engordarles y llegar a pesar unas ocho arrobas, para finales de Marzo. Se les traía en las alforjas de la caballería.

Lógicamente había que poner uno en cada alforja. 

Y como para ese tiempo ya los días eran cortos y las patatas ya se estaban sacando, los chiquitos, nos íbamos a media tarde a esperar a los de la feria a la cañada. Y para capear el frío, nada mejor que hacer una buena fogata con los ramales de las patatas que ya se habían sacado en la vega. Y para atemperar el hambre nada mejor que ir a la rebusca de patatas, y asarlas en el rescoldo para comerlas. ¡Y que buenas que estaban! Algunos más “finolis” las echaban sal, y la verdad que sabían mejor. Los más pequeños nos moríamos de envidia por acercarnos a las hogueras. Pero no nos dejaban los mayores. Había que pagar derecho de piso. Si querías calentarte tenías que ir a traer un buen brazado de retamas y a la rebusca de patatas. Allí reinaba el patriarcado. La consigna era: “los más pequeños a recoger leña”. Y si rechistabas te decían: “cuando seas padre comerás huevos”. ¡Ahí le entraba a uno las ganas de ser pronto grande…!

Y nos tirábamos allí desde las cinco de la tarde hasta las nueve o diez de la noche que caían por la “Cascajera” los de la feria, y que aprovechaban para calentarse un poco y probar las ricas patatas asadas. Más de uno, que llegaba un poco “punteao”, al querer enseñar el lechón a los hijos, tuvo que darse unas buenas carreras por la vega para volverle a las alforjas.

 

No es que nieve mucho ni poco en la Valdavia. Pero de vez en cuando alguna buena nevada si caía, y duraba cuando más una semana. ¿Y entonces que se hacía? Por de pronto no había escuela. Eso para hacer boca, -como quien dice-. Segundo, cambiaba todo el panorama del pueblo y todos salíamos a ver la nevada. Y ya estábamos los chiguitos a ver a quien encajábamos un par de bolazos de nieve, hacer muñecos con la nieve y a jugar con los chupiteles de los tajaos de las cuadras. Y en casa, a buscar la pajarera, poner un poco de paja en el abonadero y con la nariz pegada al cristal de la ventana de la cocina, mirar a ver si caía algún pardal, tordo o mirlo. Y había que salir rápido, porque el gato también estaba al acecho. Los cazadores a enfundarse los tabardos, las pellizas. Ponerse los leguis en las pantorrillas, para poder correr a las perdices y a seguir el rastro de las liebres con los perros y galgos.

Sufrido lector. Te pregunto, si es que aún te quedan ganas para responder: ¿Se aburría uno en estos pueblos en invierno, hace 50 años? Como has podido constatar, no había tiempo para ello. En invierno, los únicos que se aburrían eran los mosquitos y las moscas. (Y no lo digo con segundas. Porque a Martiniano le llamaban mosca y a mi padre mosquito, por aquello de que siempre andaban “molestando”) 

Cada día tiene su afán dice el Eclesistés. Hay saber explotar ese afán y darle alegría al cuerpo y a la imaginación y que se aburran las moscas y los mosquitos… 

 

Donato Vargas 2007 

 

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