Generalidades:
La guerra de guerrillas en Castilla se mantuvo activa desde los mismos inicios del alzamiento carlista. En el primer semestre de 1835 no hubo grandes operaciones dignas de mención. Las guerrillas operaron con una táctica fundamentalmente defensiva: ataques relámpago de partidas pequeñas que rehuían el choque frontal y se dispersaban hasta la siguiente acción.
Esto permitía a estos grupos fragmentarse o disolverse, en pequeñas gavillas con rapidez y eficacia. Se mimetizaban con el entorno aprovechando la ventaja de la invisibilidad en montañas o bosques, ocultándose en refugios inaccesibles. Todo ello hacía muy difícil su detección y eliminación. Sin embargo mantenían latente su plena movilidad retornando a la actividad en el momento que sus jefes consideraban oportuno. Esto obligaba al enemigo a mantener un esforzado estado de alerta y constante vigilancia a pesar de su superioridad numérica y material. Los principales y más activos jefes guerrilleros castellanos de este periodo seguían siendo Jerónimo Merino, (veterano e indiscutible comandante general), sus lugartenientes Santiago Villalobos y Lucio Nieto (ambos expertos y competentes jefes de caballería) y Epifanio Carrión Gómez, que comenzaba ya a destacar como un muy capaz jefe de un escuadrón mixto de lanceros y tiradores.
La guerra en Castilla no había alcanzado por entonces las dimensiones que alcanzará posteriormente, pero ya se trataba de una lucha especialmente dura y cruel. De esta manera ya se eliminaba sistemáticamente a cuanto guerrillero carlista se pudiese localizar, «la mayoría “cazados” cuando se acercaban a los pueblos a aprovisionarse.
El jefe de la gavilla
El jefe o cabecilla era elemento central de las guerrillas. Era un comandante combatiente en sentido estricto, con un férreo liderazgo que ejercía de aglutinante de la partida, sustanciado básicamente en su carisma y dotes de mando. Era la verdadera columna vertebral de la partida, con un papel único, clave e insustituible para la formación y el buen funcionamiento de la misma. Cada grupo guerrillero eran normalmente conocido por el nombre o apodo del jefe que la mandaba. Concentraba todo el poder civil y militar, con potestad de vida o muerte sobre sus hombres.
En las partidas de cierto tamaño sus características militares se caracterizaban por:
1. Su capacidad para articular en torno a su persona, cohesionar y dirigir grupos híbridos y muy heterogéneos: desde civiles armados (los más frecuentes), de todo tipo, condición, edad, sexo, condición o profesión; pasando por militares (normalmente soldados dispersos, extraviados o rezagados de los ejércitos carlistas e incluso pasados o desertores de los cristinos) junto con elementos marginales de la sociedad como delincuenciales (bandoleros, cuatreros, contrabandistas), así como también aventureros o desarraigados de todo tipo.
2. Implicación personal que procuraba cohesión en sus combatientes y reforzaba su autoridad y los lazos de lealtad. Participaba al frente de los combates soportando las mismas duras condiciones de vida, penalidades y riesgos que sus hombres. Participaba en persona en las largas marchas y contramarchas y en todo tipo de acciones; sufriendo las mismas inclemencias meteorológicas y la dureza de la vida castrense en los refugios y escondites, ejerciendo en todo momento de líder de la cuadrilla.
3. El hecho de que habitualmente fueran naturales del lugar donde actuaban, sumado al continuo deambular por una zona operativa que conocían, les permitía obtener ventaja de la topografía en este tipo de guerra irregular. No puede entenderse la dinámica, ni sus éxitos en el combate guerrillero, sin tener en cuenta su capacidad para leer e interpretar las potencialidades que podía ofrecer el terreno.
4. El eficaz aprovechamiento de todo tipo de recursos militares a su alcance, tanto físicos como psicológicos. Entre ellos se encuentra la explotación, a veces intensa, de la psicología humana, de la propia y de la ajena. Eran imprescindibles la valentía y la destreza demostradas en combate (motivo de ejemplo e inspiración para los suyos). También utilizaban inteligentemente el miedo para obtener fines concretos o debilitar a los enemigos.
Su seña de identidad básica era ser, como suele decirse, hombres de acción. El sustento de su autoridad provenía casi siempre de los rasgos carismáticos que le conferían su experiencia y veteranía bélicas. Esto generaba en sus combatientes fuertes lazos de dependencia y compromiso, de tipo personal e intransferible. A cambio, la implicación operativa del líder era máxima: era el primero en empuñar las armas; no importándole desempeñar cualesquier función u obligación en el grupo: como centinelas, avanzadilla o misiones especiales o especialmente peligrosas. Confraternizaba y se identificaba totalmente con los miembros de la partida (comía del mismo rancho que el resto, por ejemplo). Establecía una íntima comunión con las bases populares carlistas que lo consideraban como uno de los suyos. Muchos de ellos eran veteranos de campañas guerrilleras anteriores. Su trayectoria bélica y el estar forjados como jefes en la dureza de montes y caminos, les investía de una autoridad inapelable.
Un buen jefe guerrillero, comandante militar dentro de su ámbito y especialidad, debía saber solucionar dos problemas fundamentales para su partida: la subsistencia y el aprovisionamiento del material de guerra necesario (era pues necesario garantizar las buenas relaciones y el buen trato con la población local); y la supervivencia de sus hombres velando por su integridad del grupo y demostrando la pericia necesaria para las acciones guerrilleras sabiendo zafarse rápidamente de las columnas enemigas (evitando llevar a sus hombres al desastre y a la muerte) y posibilitando el retorno a refugio seguro tras el combate.
Organización y composición
La documentación sobre las guerrillas carlistas y sus acciones, desde los archivos histórico-militares, es escasa, fragmentaria e incompleta. Las guerrillas, en general (y las partidas carlistas, en particular), constituyen un fenómeno prácticamente ágrafo, con ausencia de memorias, correspondencia, autobiografías y demás testimonios escritos. Así pues la inmensa mayoría de sus miembros presentan un perfil anónimo. En él se incluyen hombres y mujeres, ancianos y niños, ricos y pobres, élites y campesinos, laicos y religiosos (en definitiva, todos los segmentos de la sociedad civil española en su conjunto). Personas normales y corrientes, al fin y al cabo.
Las guerrillas carlistas intentaron regirse por una organización lo más similar posible a la castrense; pero determinadas siempre por su excaso número de componentes y su diversidad. En general su distribución era bastante sencilla, distinguiéndose diferentes categorías y especialidades dentro de las mismas. El jefe o cabecilla ejercía el mando superior, concentrando en sus manos todo el poder militar y civil: podían
ajusticiar a cualquier infractor de su partida o prisionero tomado al enemigo. A sus órdenes se encontraban personas de su plena confianza, principalmente, el segundo jefe o lugarteniente, junto con otros subalternos. No era infrecuente la presencia de un capellán castrense guerrillero y, completando el cuerpo central de cada partida, los combatientes; éstos podían luchar a pie como a caballo (dependiendo de la disponibilidad de armas y monturas y de la naturaleza del terreno donde se actuase.
Las aguerridas partidas de Castilla contaron con un excelente refugio en el frente norte, donde se retiraban en caso de necesidad. Allí se organizaron sdemás algunas columnas de apoyo que, reforzaban a veces a destacados jefes guerrilleros como Merino o Balmaseda. De esta manera conseguirían generalmente reorganizar, regularizar e incrementar sus efectivos
Su fuerza operativa
En Castilla, el número aproximado tanto de guerrilleros como de partidas carlistas es muy difícil de estimar. Bullón de Mendoza señala que el paso de las expediciones carlistas es una variable a tener muy en cuenta en el incremento de la fuerza operativa de las guerrillas aliadas. Aparte de la labor organizativa y de refuerzo humano y material que pudieron, obviamente, ejercer en su contacto directo con las mismas, era relativamente frecuente que parte de los voluntarios incorporados a sus filas en los lugares de paso, incapaces de seguir el ritmo de las continuas y agotadoras marchas, contramarchas y combates (los conocidos como “rezagados”, más los heridos o inválidos), formasen pequeñas partidas, incrementasen los contingentes guerrilleros de las ya existentes o prestasen el apoyo que les permitiese su condición física o sanitaria. Para este historiador, sin duda, contribuyeron a paliar el crónico problema de insuficiencia de armamento, municiones y material de guerra en general sufrido por la mayoría del movimiento guerrillero carlista en su conjunto. También pudieron actuar como refuerzo aglutinante y especializado de los guerrilleros.
hay que tener en cuenta que una gran mayoría de los combatientes legitimistas castellanos se integraron en los batallones que conformaron la gran unidad que fue la División de Castilla (tengamos en cuenta que por castellanos se entendía entonces a todos los no originarios del norte, es decir, vasconavarros), a la que consideran parte orgánica del ejército carlista del Norte. Albi afirma además que en torno a estas tropas carlistas norteñas existían una serie de grupos que, sin pertenecer estrictamente a unidades regulares (como la ya mencionada división castellana), tenían dependencia operativa más o menos directa de ellas. Este autor cita, por ejemplo, a los famosos aduaneros, creados por Zumalacárregui el 14-03-1834. El otro serían las partidas guerrilleras castellanas, entre las cuales destaca las comandadas por Merino (que llegó a mandar personalmente unos 2.500 hombres), Juan Manuel Balmaseda (que lo hizo sobre 860) y Epifanio Carrión (liderando 151), que dirigían algunas de las más notables.
Según avanzaba la guerra se fue incorporando paulatinamente al “núcleo duro” de las partidas realistas un abigarrado grupo cuyo modus vivendi y operandi coincidía en gran parte con el practicado por estas guerrillas: de un lado, estaban algunos delincuenciales y desarraigados sociales, fundamentalmente, bandoleros y contrabandistas; y también, como hemos dicho ya, soldados “dispersos”, “extraviados” o “rezagados” de los ejércitos carlistas (heridos o incapacitados para seguir las agotadoras marchas ejecutadas por las principales divisiones expedicionarias) sumados a los contingentes detraídos por los jefes de las mencionadas expediciones para reforzar a las guerrillas aliadas. Por último, no fue rara la presencia de algunos pasados o desertores de las tropas cristinas. En cuanto a su funcionamiento operativo la conclusión mayoritaria es que las guerrillas solían operar a pie, pero también actuaron partidas a caballo.
El reclutamiento
No podría entenderse el mantenimiento de las guerrillas carlistas en la dura y larga guerra de los Siete Años sin entender los especiales y fuertes vínculos con los pueblos de origen de sus componentes y donde
combatían habitualmente. El reclutamiento de nuevos miembros, asunto vital en la guerrilla, se resolvía por incorporación local voluntaria de los jóvenes naturales de la zona, casi siempre, alentada por los jefes o cabecillas de estas facciones (que solían ser personas ampliamente respetadas en la zona; a veces incluso nacidos el del pueblo o zona donde operaban).
El carácter eminentemente popular del movimiento guerrillero carlista facilitaba mucho este alistamiento voluntario de sus miembros, junto al hecho de ser usual que combatiesen en su lugar de origen, protegiendo de esta manaera sus viviendas y propiedades. Existía una conexión relacionada con “lealtades primordiales” (actuaban en defensa de sus familiares, amigos y vecinos), a las que se debe añadir el encuadramiento bajo el mando operativo de líderes autóctonos, personificados en los imprescindibles jefes de las partidas, normalmente respetados y con cierta autoridad moral e influjo social sobre sus hombres. No cabe negar, por lo tanto, el carácter voluntario de gran parte de los combatientes irregulares carlistas, especialmente en las fases iniciales de formación y consolidación de las gavillas. Existíana también otras motivaciones subyacentes predominando una terna básica: la político-ideológica (defensa de una cosmovisión); la económica (como medio de subsistencia, obteniendo un botín o una paga) y la espiritual (defensa de la religión, en este caso, obviamente, del catolicismo y de la Iglesia).
A ellas deben añadirse otras razones de tipo personal, como el odio generado tras haber sufrido atropellos, maltratos, represalias, así como todo tipo de daños y violencias contra sus personas, familiares y patrimonio. Estas ansias de revancha movían a los miembros de las partidas —a veces sin dejarles otra alternativa— a integrarse en ellas motu proprio. Ha de tenerse en cuenta además que los jefes solían aplicar criterios bastante flexibles y diversos a la hora de mantener movilizados a sus guerrilleros, sin descartar sistemas de permisos y retornos temporales, basados en el conocimiento especial de sus combatientes y sus situaciones particulares. Ejemplo muy ilustrativo de lo anterior son las licencias de corta duración permitidas por los cabecillas a sus hombres (tan características del carlismo guerrillero), englobadas bajo la célebre frase “ir a mudar la camisa”.
Sin embargo, tampoco puede descartarse la existencia de reclutamiento forzoso. Las guerrillas protagonizaron la resistencia armada popular, alentando y, en ocasiones, obligando a la población civil a tomar las armas, utilizándola además como elemento clave para el combate; de ella obtenían refugio, la logística, la intendencia o el reclutamiento. Son múltiples los ejemplos que ofrece la historiografía militar especializada en las guerrillas sobre este alistamiento forzado, como parte de una colaboración no exenta de exacciones y crueles represalias. Tal como manifiesta al respecto Francisco Luis Díaz Torrejón, refiriéndose a la Guerra de la Independencia, pero igualmente aplicable a todos los conflictos bélicos en general:
“Aunque nadie puede negar el apoyo del pueblo español al movimiento guerrillero, tampoco debe ocultarse que no siempre dicha colaboración es tan libre y espontánea como se ha solido decir. En numerosas ocasiones media la coacción y, en tales casos, la connivencia ente guerrilla y pueblo no pasa de ser una complicidad impuesta. Muchos guerrilleros exigen a los vecindarios en nombre del patriotismo e imponen una colaboración a golpes de amenaza, con lo cual el ejercicio de la fuerza deriva en abusos que la población —generalmente del medio rural— soporta con resignada impotencia. Nada ni nadie está a salvo de excesos y avasallamientos."
La participación del mundo rural en el combate guerrillero resultó primordial al constituir la mayoría de la población española de este periodo. Fue el campesinado el que hubo de soportar las luchas más duras, las peores exacciones, coacciones y amenazas, las más crueles represalias para proporcionar lo que es de necesidad vital para todo combatiente de cualquier guerra, los imprescindibles víveres. El control de comestibles, tanto para el elemento humano como para las necesarias monturas y animales de carga, se convirtió así en un elemento estratégico de primer orden en todas las guerras analizadas en este trabajo. Gran parte de la dinámica fundamental de la guerra de guerrillas contemporánea (tal como fue siempre), gravitará en torno a este factor fundamental. De nuevo, hay que recordar que la base social mayoritaria y uno de los principales sostenes de las partidas guerrilleras carlistas, tanto en su componente humano como material, serán los sectores campesinos, sin olvidar a la clase artesanal.
Siendo el principal objetivo de los guerrilleros sobrevivir dependían en gran medida, para asegurar su subsistencia, de la población de la zona donde actuaban. Esto provoca una especie de guerra total, de efectos indiscriminados y particular crueldad, características propias de cualquier guerra civil como lo era esta. Bullón recuerda que las provisiones solían ser proporcionadas por los pueblos y que, en caso de negarse, podían ser víctimas de crueles represalias.
La contraguerrilla
En la contraparte de las guerrillas carlistas destacaron los cuerpos francos o cuerpos provisionales, también conocidos como “compañías de seguridad” y por cuyas filas pasaron unos cincuenta mil voluntarios a lo largo de la guerra, procedentes en su mayoría de los sectores sociales más menesterosos; entre ellos, también hubo pasados o exprisioneros carlistas. Se distinguieron, especialmente, por dedicarse a la caza y captura mediante cualquier medio posible de los guerrilleros carlistas: en este sentido, su actuación revistió, en muchos casos, las características propias de auténticas bandas de forajidos sedientos de botín y de pillaje. Por todo ello, y dado que llevaron a cabo una guerra eficaz y sin cuartel, sabida es la especial aversión que suscitaban estos grupos de mercenarios entre los combatientes carlistas, que no dudaban en fusilar sobre el terreno a todos los que caían en sus manos.
Entre estas compañías de seguridad, descollaron algunas que comenzaron a actuar ya casi al final de la guerra, por la implacable y feroz persecución de unas, ya por entonces, casi inermes partidas carlistas, en sus estertores últimos, por lo que no cabía esperar represalias o venganzas de su parte. Su peculiaridad radicaba en que estaban formadas muchas veces por antiguos guerrilleros carlistas acogidos a indulto que, como es fácil suponer, eran perfectos conocedores de los lugares de reunión y refugio, así como de los procedimientos y métodos de guerra de sus antiguos compañeros de armas. Así, su persecución y eliminación se tornó más implacable y efectiva aún si cabe.
Dureza de la vida guerrillera
La vida del guerrillero de todo tiempo y lugar estuvo marcada siempre, de forma inevitable, por los peligros y avatares propios de toda guerra, el desarraigo, el padecimiento de todo tipo de necesidades y la dureza añadida de la vida en el monte u otras zona geográficas, normalmente inhóspitas. Debe tenerse en cuenta que, en un alto porcentaje, las guerrillas eran población civil forzada a combatir en guerras que destruían su vida, familia y medios de subsistencia, en definitiva, su mundo. En muchos casos, lo hacían con plena consciencia y voluntariedad de sus actuaciones, incluso con un fuerte componente de compromiso total e implicación ideológica con la causa por la que luchaban. Este podría ser un rasgo característico de las guerrillas carlistas, movilizadas en defensa de la tradición: Dios, Patria y Rey,
La dureza de las condiciones a soportar por los guerrilleros carlistas venía determinada, entre otras cuestiones, por la exigencia de estar en disposición de desarrollar una operatividad constante, no solo temporal o estacional. Las inclemencias del tiempo y de la vida sobre el terreno, destrozaban muy rápido cualquier atuendo o indumentaria (normalmente la civil regional). Y mucho peor era todavía la situación con el indispensable calzado, las sufridas y populares alpargatas —que era un elemento básico y fundamental para unos combatientes en rápido y permanente movimiento, con largas marchas y contramarchas, desplegadas además en terrenos que solían ser impracticables, como los de montaña.
Con respecto a la intendencia, las partidas carlistas (como unidades de combatientes que eran, si bien civiles irregulares), precisaban de todo tipo de abastecimientos y materiales de guerra para poder llevar a cabo su ardua lucha. Para mayor complicación al abastecerse, obviamente, no disponían de los habituales canales reglamentarios de suministro, muy arraigados y organizados ya en los ejércitos regulares del periodo objeto de estudio. Por ello, dependían completamente del apoyo popular para obtener los imprescindibles víveres y recursos de todo tipo. En cuestiones importantes para el combate como el calzado o las prendas de vestir, no siendo raro que cada guerrillero tuviese que proveerse por sí mismo.
Los refugios se solían establecer en campamentos, ubicados en las fragosidades de los bosques o en zonas montañosas inaccesibles, sin excluir las cuevas y demás accidentes orográficos. En muchas ocasiones, el acoso y persecución continuos e implacables a que les sometían las fuerzas cristinas obligaban a las guerrillas a vivir en constante itinerancia, siempre en movimiento, e incluso al raso.
Todo lo expuesto anteriormente sobre la gran dureza y riesgo extremo que entrañan la vida de los guerrilleros, deben entenderse teniendo muy presentes las características que rigen el desarrollo de la guerra irregular: las guerrillas de todo tiempo y lugar han tenido que afrontar combates despiadados, sin cuartel, por parte de sus enemigos (usualmente, estados más o menos poderosos, pero con toda la estructura administrativa industrial, económica, militar y de seguridad a su alcance, que utilizaban discrecionalmente y sin ninguna restricción). De hecho, nunca ningún estado, ninguna legislación ni los usos y costumbres bélicos han solido reconocer o proteger a civiles que hayan atacado a soldados regulares; siempre recibieron el tratamiento de bandidos, contrabandistas o meros delincuentes.
Así, los maltratos de todo tipo eran la norma común aplicable. No debe sorprender, pues, que la lucha contraguerrillera tuviese el carácter de una guerra total, de exterminio, una auténtica cacería del hombre por el hombre, sin respetar edad, condición sexual ni ningún otro condicionante que inhabilitase para el combate (el asesinato de los familiares y círculo más próximo de los más destacados partidarios carlistas, sin excluir el de niños y mujeres embarazadas, estuvo a la orden del día). Tal como exponen Pirala, Ferrer o Bullón de Mendoza, la derrota de las guerrillas equivalía a la muerte, segura e inmediata: los partes del ejército cristino abundan en fusilamientos sobre el mismo campo de batalla.
Además, como parte de una política deliberadamente disuasoria, de intimidación o “ley del terror”, en evitación de que la acción de las partidas carlistas pudiese tener continuación, no era infrecuente que al dar caza a algunos de los guerrilleros más destacados sus cuerpos fuesen descuartizados y colocados a la vista del público. Más aún, estas prácticas fueron intensificándose en el periodo final de la Primera Guerra Carlista, especialmente durante el último año, cuando la casi segura derrota militar del legitimismo hacía que ya no fuesen de temer sus lógicas y esperables (por haberse dado ya en fases anteriores)medidas de protección y represalia.
El armamento
Los guerrilleros carlistas se veían obligados a utilizar, especialmente al inicio del conflicto, todo tipo de armamento de fortuna o circunstancias, armas blancas y armas de fuego para usos cinegéticos. En cualquier caso, solía tratarse de material primitivo, del que se servían hasta que un ataque contra algún destacamento enemigo o la colaboración de ejércitos aliados (por ejemplo, durante las diversas expediciones del ejército legitimista del Norte que recorrieron gran parte de España, las cuales por otra parte, en general, no solían estar muy sobradas de armamento), les permitiesen sustituirlas por armamento de fuego, normalmente más eficaz para su uso en una guerra.
Dadas las características específicas del combate irregular, el armamento que utilizaban las guerrillas carlistas era, predominantemente, portátil y ligero, pudiendo ser de dos tipos: armas blancas y armas de fuego (tanto largas como cortas, algunas de ellas ya vistas). Entre las armas de fuego largas usadas durante la Primera Guerra Carlista, el fusil era una de las más características. Era de avancarga (se cargaba por la boca del cañón), dotado de llave de chispa (con ignición por medio de un martillo que llevaba embutido un trozo de sílex o pedernal), con ánima lisa y calibre de 18 mm. La longitud de este tipo de fusiles era de cerca de 144 centímetros, con un peso de 4.490 gramos. El cartucho era un cilindro de papel estraza, en uno de cuyos extremos se encontraba una bala de plomo esférica, generalmente ajustada por un cordel, mientras que el otro se cerraba por medio de unos pliegues. El diámetro de la bala hacía que, pese al papel que la envolvía, entrase muy holgada en el cañón, por lo que el viento balístico (viento constante que produciría el mismo efecto sobre la trayectoria de un proyectil que el viento real hallado durante el vuelo), era muy grande y provocaba que su precisión fuese bastante escasa. Sin embargo, presentaba la ventaja de que era muy difícil que el cañón del arma quedase obstruido por los residuos sólidos de pólvora.
El proceso de carga normal y disparo de este tipo de fusil implicaba un total de veintiséis movimientos. Simplificando, en primer lugar, y tras colocar el fusil en sentido horizontal, el tirador abría la cazoleta para después cebarla con pólvora fina. Acto seguido, apoyaba la culata en el suelo, tomaba uno de los cartuchos como el descrito, mordía uno de sus extremos y vertía en el cañón la pólvora que contenía, tras lo que insertaba el resto del cartucho —que haría las veces de taco— y la bala. Luego metía una baqueta en el cañón y lo atacaba todo, asegurándose, mediante dos o tres golpes, de que la bala se asentaba firmemente sobre la pólvora. Finalmente, alzaba el fusil, apuntaba y disparaba: al apretar el tirador el gatillo, el martillo que embutía un trozo de pedernal o sílex, golpeaba violentamente contra el metal de la cazoleta, provocando así chispas que prendían la pólvora fina; la deflagración se extendía al interior del cañón a través de un orificio llamado oído, provocando de este modo el disparo. A pesar
de lo complejo y laborioso del proceso, un tirador bien entrenado podía llegar a disparar hasta tres veces por minuto, aunque la media probablemente estuviese más cerca de uno o dos por minuto. La precisión de esta arma larga era escasa (debido, fundamentalmente, a la diferencia de diámetro entre la bala y el cañón), si bien permitía alcanzar con una bala en un círculo de 25 centímetros a una distancia de 50 metros.
Durante el primer tercio del siglo XIX se utilizaba pólvora negra gruesa, que atascaba las paredes del cañón y oscurecía la zona de disparo, delatando la posición del tirador con una densa nube de humo (circunstancia altamente peligrosa para cualquier guerrillero, interesado siempre en mantener un perfil lo más bajo posible, imposibilitando al máximo su detección por el enemigo). Además, el exceso de humedad inutilizaba fácilmente este tipo de fusiles de avancarga de cañón liso y llave de chispa.
Era común, asimismo, el uso de carabinas o mosquetones (generalmente, de ánima lisa, pero también hubo algunos modelo de ánima rayada). Se trataba de armas largas más idóneas para el uso guerrillero, al ser de mayor ligereza y portabilidad, así como de menor calibre que el fusil descrito. Sin embargo, el cañón estriado, aunque más evolucionado que el liso, en ocasiones apretaba tanto la bala que había que empujarla golpeando la baqueta con un mazo de hierro (operación arriesgada por el peligro de poder dañar el cañón, a la vez que laboriosa y lenta). Otro tipo de arma de fuego larga de uso común y tradicional por las guerrillas carlistas era el trabuco (piénsese, como ejemplo paradigmático, en los célebres trabucaires catalanes). Era de avancarga, de grueso calibre, con un cañón más corto que fusiles, mosquetones o carabinas y usualmente acampanado. Su mantenimiento y manejo era relativamente simple. Se considera un predecesor de la escopeta, adaptado perfectamente para el uso militar, defensivo y de caza. Se cargaba con pólvora sin compactar y se le podían añadir cualesquiera objetos duros de que se dispusiese —pequeños guijarros o trozos de metal— a modo de metralla, por lo que su uso era idóneo en el combate a corta distancia, típicamente guerrillero, con resultados devastadores para el enemigo.
La táctica de la dispersión
Era táctica habitual de las guerrillas carlistas, tras emprender cualquier sorpresa o emboscada, era dispersarse en minúsculas gavillas, que buscaban refugio en las sierras de la región, para volver a golpear al enemigo de nuevo en otra parte alejada de la acción anterior. Ferrer la denomina «guerra de piernas», que se complementaba con lo que describe como «guerra de cascos de caballo», bastante frecuente en este importante teatro de operaciones se pone de relieve la gran versatilidad de las partidas capaces de combinar las típicas acciones de montaña con otras protagonizadas por partidas montadas, idóneas para fulgurantes ataques en las amplias llanuras de la región, seguidas de retiradas velocísimas; evitaban de este modo las encarnizadas persecuciones de un enemigo mejor pertrechado y armado en la gran mayoría de las ocasiones (máxime su caballería, carencia endémica del carlismo combatiente)
La cruel suerte del jefe carlista apresado
Por mucho que se pueda insistir en ello, siempre resultará insuficiente recalcar la guerra sin cuartel y tácticas de terror ejecutadas inflexiblemente por los cristinos, fusilando sin contemplaciones a cuanto combatiente carlista cayese en sus manos.
Ferrer recalca que la ejecución sumarísima sobre el mismo terreno de todo oficial carlista (entiéndase en este caso, jefe guerrillero), que tenía la desgracia de caer prisionero en manos enemigas, era entonces — como sucedió luego a lo largo de prácticamente toda la guerra— el procedimiento habitual inflexiblemente aplicado por las tropas cristinas a los mandos de las guerrillas legitimistas. Era una guerra sin cuartel y de exterminio. Además, tal como apunta este autor, se aplicaba esta misma pena máxima a todo tipo de paisanos, en muchos casos no adictos a la causa, sin motivo justificado: simplemente, por meras sospechas.
Descripción de Pío Baroja de estas partidas y su modus operandi
Pío Baroja realizó una vívida, realista y bastante completa descripción de la organización, armamento, indumentaria y modus operandi de la partida de Juan Vicente Rugeros, «Palillos, que puede considerarse como prototipo de estas partidas montadas de “escopeteros” o “tiradores”, grandes protagonistas de la guerra de guerrillas en La Mancha:
“Palillos ha sido muy famoso […], Palillos padre, don Vicente Rugero (sic), era un viejo muy ladino. Tenía una partida muy bien organizada y muy militar. Ya lo creo. Y no piense usted que era fácil entrar en ella […]. Para entrar en la partida se necesitaban muchas condiciones. Había que tener menos de treinta años, ser fuerte, buen caballista, estar acostumbrado a la vida del campo y no tener parientes ni amigos entre los cristinos […]. Los jefes podían ser más viejos. Al que entraba en la partida se le hacían muchas preguntas, y luego se iba a comprobar lo que había dicho, y si algo no resultaba cierto, no se le admitía […]. Todos íbamos igual. Se llevaba calañés alto, de pana o de terciopelo negro, adornado con algunas carreras de botones, medallas, cintas rizadas y un plumerito negro. La mayor parte usaba patillas. Se vestía marsellés corto, guarnecido de cinco botonaduras de monedas de plata, pesetas o reales columnarios. Algunos jefes lucían doblillas de oro, y en vez de calañés, boina blanca o sombrero redondo con funda de hule. Se gastaba calzón corto, de pana o terciopelo negro; ancha faja para el puñal y los cachorrillos; polainas de cuero y zapatos de una pieza. En el arzón del caballo se ponían las pistolas y el trabuco […]. Cuando Palillos se proponía sacar contribuciones en una comarca, dividía su caballería en partidas de treinta o cuarenta hombres; ocupaban todos los lugares en un espacio de seis a ocho leguas cuadradas. Cada paisano debía suministrar todo lo necesario para un jinete y un caballo. Los pueblos se veían obligados a entregar a Palillos la misma contribución que pagaban al Gobierno de la reina. Entrábamos nosotros en un lugar y lo primero, para que nadie tocase a rebato y diera la señal de alarma, nos apoderábamos de la torre de la iglesia y poníamos en el campanario un centinela. El centinela observaba cuanto pasaba a larga distancia, y si veía algo tocaba la campana, y, según las campanadas, nos entendíamos. Era como la línea del telégrafo de señales del Gobierno. Así, don Vicente Rugero sabía con rapidez si aparecía el enemigo y por donde."
Dos monografías de especialistas en el estudio de los ejércitos y las guerrillas carlistas coinciden de un modo bastante exacto en la descripción de Baroja. Si acaso, la complementan en el aspecto del armamento: señalan que era muy habitual que fuesen equipados también, aparte de con los mencionados cachorrillos —dos, usualmente dentro del bolsillo del pantalón—, con un puñal, dos pistolas más largas y el trabuco, además de un sable de caballería (en vaina pendiente de un cinturón ancho con cartuchera para veinte cartuchos, donde podían ir sujetas igualmente las dos pistolas de cañón largo), y además uno o dos trabucos, que podían ser sustituidos por una escopeta. Las armas largas solían colocarlas en el arzón de la silla de montar, en sólidas tapafundas, también aptas para guardar las pistolas de cañón largo. Por lo tanto, iban armados hasta los dientes, como se subraya en estas obras, sin duda, mejor y más fuertemente que los mismos soldados de cualquiera de los ejércitos carlistas y, por supuesto, que la gran mayoría de las guerrillas legitimistas, entre las que constituían una gran excepción en este aspecto. También se detalla que era corriente que calzasen botas de montar con grandes espuelas.
Mapas de la actividad guerrillera en ese periodo
Mapa I: Las guerrillas carlistas en 1833. Elaboración propia a partir de Bullón de Mendoza, 1992
Mapa II: Las guerrillas carlistas en 1834. Elaboración propia a partir de Bullón de Mendoza, 1992
Mapa III: Las guerrillas carlistas en 1835. Elaboración propia a partir de Bullón de Mendoza, 1992
Mapa IV: Las guerrillas carlistas en 1836. Elaboración propia a partir de Bullón de Mendoza, 1992
Mapa IV: Las guerrillas carlistas en 1836. Elaboración propia a partir de Bullón de Mendoza, 1992
Mapa VI: Las guerrillas carlistas en 1838. Elaboración propia a partir de Bullón de Mendoza, 1992
Mapa VII: Las guerrillas carlistas en 1839. Elaboración propia a partir de Bullón de Mendoza, 1992
Mapa IX: mapa acumulado de la máxima expansión de la actividad guerrillera carlista (1833-1840). Elaboración propia a partir de Bullón de Mendoza, 1992
NOTAS:
Esta notas están entresacadas de la tesis doctoral de Francisco Javier Posada Moreiras:
"Las guerrillas carlistas en
la guerra de los Siete
Años (1833-1840): una
historia militar"
UNIVERSIDAD CEU SAN PABLO. 2021.





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