Lección de Historia
AYUELA DE VALDAVIA
Prehistoria e Historia de su entorno
De los cántabros a la repoblación medieval:
el poblamiento del valle del río Valdavia
Comarca de La Valdavia · Provincia de Palencia · Castilla y León
Ayuela de Valdavia es uno de los diez pueblos históricos que, junto con Congosto, Puebla, Buenavista, Renedo, Tabanera, Villanuño, Villaeles, Villasila, Villamelendro y Villabasta, articulan la comarca de La Valdavia, en el noroeste de la provincia de Palencia. El valle, recorrido por el río Valdavia (y en el caso concreto de Ayuela, también por el arroyo Avión). Ha sido desde época prerromana un corredor natural de paso entre la Cordillera Cantábrica y la Meseta, lo que explica la densidad de asentamientos fortificados, vías de comunicación y núcleos de repoblación que jalonan su recorrido.
Prehistoria y protohistoria del entorno
El marco prehistórico de la Meseta Norte
El norte de la provincia de Palencia, en el tránsito entre la Cordillera Cantábrica y la Meseta, ofrece un paisaje de páramos, valles fluviales y afloramientos calizos que fue frecuentado por comunidades cazadoras-recolectoras desde el Paleolítico. Aunque en el término estricto de Ayuela no se han documentado hallazgos paleolíticos o neolíticos publicados, la comarca vecina de Las Loras y la Cordillera Cantábrica (a escasos kilómetros al norte) concentran uno de los conjuntos de arte rupestre y yacimientos prehistóricos más relevantes del norte peninsular, lo que sitúa el valle del Valdavia dentro de una región de paso y contacto humano continuado desde tiempos muy remotos.
Con el desarrollo de la metalurgia y la progresiva sedentarización de las comunidades durante la Edad del Bronce y, sobre todo, la Edad del Hierro, el paisaje se puebla de asentamientos en altura fortificados —los llamados castros—, que constituyen el testimonio más elocuente de la ocupación humana estable del territorio antes de la llegada de Roma.
Cántabros y vacceos: el territorio en la protohistoria
Este asentamiento fortificado, conocido como oppidum, perteneció a la tribu cántabra de los tamáricos y se erige sobre un alto que domina el río Valdavia, ofreciendo una vista estratégica de la región. (Junta de Castilla y León, Guía de Yacimientos Arqueológicos)
No muy lejos, en la misma cornisa cántabro-palentina, se encuentra Monte Bernorio, uno de los castros cántabros de mayor entidad conocidos, habitado de forma permanente desde el siglo VIII antes de Cristo y escenario de episodios decisivos en la conquista romana del norte de Hispania. Aunque fuera ya de la Valdavia estricta, este yacimiento ayuda a entender la intensidad de la presencia cántabra en toda la franja norte de la provincia y el tipo de sociedad —guerrera, jerarquizada, con una notable capacidad económica reflejada en los ajuares metálicos de sus necrópolis— con la que Roma tuvo que enfrentarse antes de someter definitivamente estas tierras.
La primera cita histórica documentada sobre este pueblo nos la proporciona Catón el Viejo en su obra Orígenes, de la que se conservan varios fragmentos. Uno de ellos habla de la campaña que el propio Catón realizó por la península ibérica cuando era cónsul en el año 195 a. C. Dice:
«[...] fluvium Hiberum: is oritur ex Cantabris, magnus atque pulcher, pisculentus.»
«[...] el río Ebro: nace en tierra de cántabros, grande y hermoso, abundante en peces.»
Marco Porcio Catón, "el Viejo". Orígenes (VII), 195 a. C.
Este tipo de referencias nos muestra que la denominación de estos pueblos como Cantabri era conocida en el siglo III a. C., lo que permitiría datar su génesis entre finales de la Edad de Bronce y principios de la Edad de Hierro. A partir de ese escrito de Catón, las citas de historiadores y geógrafos griegos y latinos son numerosas, sobre todo durante su resistencia en las guerras cántabras, nombre con el que se conocen las guerras de cántabros y astures contra Roma.
Nos han llegado algunos fragmentos que describen a estos indómitos pueblos, como el verso del poeta Horacio: «Cantabrum indoctum iuga ferre nostra», que significa «El cántabro, no enseñado a llevar nuestro yugo», o el extracto del geógrafo romano Estrabón que se recoge a continuación:
"Estos se alimentan, en dos tiempos del año, de bellota, secándola, moliéndola y haciendo pan de la harina. Forman bebida de cebada; tienen poco vino, y el que llega lo consumen luego en convites con los parientes. Usan manteca en lugar de aceite. Cenan sentados, dispuestos a este fin asientos en las paredes. La edad y la dignidad llevan los primeros lugares. Mientras se sirve la bebida bailan a son de gaita y de flauta. Vístense todos de negro con sayos, de que forman cama, echándolos sobre jergón de hierbas. Tienen vasos de cera como los celtas, y las mujeres gastan ropas floridas o de color de rosa.
En lugar de dinero conmutan una cosa por otra, o cortan algo de una lámina o plancha de plata.
A los condenados a muerte los precipitan desde una roca, y a los patricidas los cubren de piedras fuera de sus términos o de sus ríos.
Los casamientos son al modo de los griegos; y a los enfermos los sacan al público, como los egipcios, a fin de tomar consejo de los que hayan sanado de semejante accidente.
Hasta el tiempo de Bruto usaban barcas de cuero; ya tienen algunas de troncos de árboles.
La rusticidad y fiereza de sus costumbres proviene no sólo de las guerras, sino de vivir apartados de otras gentes, y faltando comunicación falta también sociedad y humanidad. Hoy se ha remediado algo por el trato con los romanos después de sujetarlos Augusto; pero los que tienen menos comunicación son más inhumanos, contribuyendo para ello la aspereza de los montes en que viven.
Lávanse con orines que dejan pudrir en las cisternas, y hombres y mujeres se limpian con ellos los dientes.
Las madres mataban a los hijos en tiempo de la guerras cántabras para que no cayesen en manos de sus enemigos. Un mozo, viendo a sus padres y hermanos prisioneros, los mató a todos por orden del padre, que le dio el hierro para ello. Otro, llamado a un convite, se arrojó en el fuego.
Parécense a los celtas, a los de la Tracia y Escitia.
Las mujeres labran los campos, y cuando paren hacen acostar a los maridos y ellas les sirven. Cuéntase también en prueba de la demencia cantábrica que algunos, viéndose clavados en cruces por sus enemigos, cantaban alegremente, lo que indica fiereza.
De una hierba semejante al apio forman un veneno activísimo que mata sin dolor, y lo tienen a la mano para usarlo en cualquier adversidad, especialmente por si daban en manos de romanos.
Otras cosas, dice, usan no tan de fieras, como es que el varón dota la mujer; que instituyen herederas a las hijas y éstas casan a los hermanos, lo que no es muy civil por incluir algún imperio de la mujer sobre el hombre."
Enrique Flórez — Estrabón. La Cantabria, 1768.
Los cántabros practicaban una religión politeísta de raíz indoeuropea, influida por el entorno natural y con elementos culturales celtas. Aunque no se conservan textos religiosos, la epigrafía y algunos testimonios literarios permiten identificar varias divinidades veneradas por este pueblo:
Estas divinidades eran veneradas en bosques sagrados, montañas, fuentes y pequeños santuarios rurales, en un marco ritual que incluía danzas, sacrificios animales, baños de vapor y adivinación. No se ha documentado la presencia de druidas, aunque es probable que existiera una clase sacerdotal especializada.
Los vacceos
Los vacceos, por su parte, organizaban su territorio en torno a grandes poblados de tipo urbano dedicados sobre todo a la agricultura cerealista, y ocuparon el área central palentina en torno a la actual capital. La Valdavia, situada en el límite entre ambos mundos, constituye por ello un espacio de frontera cultural cuyo poblamiento prerromano estuvo condicionado por esa doble influencia cántabra y vaccea.
La romanización del territorio
La conquista romana de la Meseta Norte se completó tarde en comparación con el sur y el este peninsular, y el sometimiento definitivo de cántabros y astures no se produjo hasta las guerras cántabras (29-19 a. C.), bajo el mandato de Augusto. Tras la pacificación, el territorio palentino se organizó en torno a núcleos como Pisoraca (cerca de la actual Herrera de Pisuerga, vinculada al asentamiento de la Legión IV Macedónica), Lacóbriga (próxima a Carrión de los Condes) y Pallantia, la actual capital provincial.
Con la romanización se introdujeron mejoras técnicas en la agricultura y la ganadería y se consolidó la propiedad privada de la tierra. A partir del siglo II de nuestra era, el modelo de ciudades como centro económico entró en declive y fue sustituido progresivamente por el auge de las villae, grandes explotaciones agropecuarias que en Palencia alcanzaron gran esplendor (los mosaicos de La Olmeda y La Tejada, ambos en la provincia, son testimonio de ese momento de prosperidad rural tardorromana). El valle del Valdavia, situado en un eje de comunicación natural entre la Cornisa Cantábrica y la Meseta, quedó integrado en esta red de explotación agraria y de control del territorio.
Antigüedad tardía y periodo visigodo
Tras la crisis del Imperio romano y las invasiones del siglo V, el territorio palentino pasó a integrarse en el reino visigodo de Toledo. Se trata de una etapa peor documentada arqueológicamente en la comarca, pero que resulta clave para entender el paisaje humano que encontrarán, siglos más tarde, los primeros repobladores altomedievales: una región de escasa densidad de población, con núcleos dispersos y una progresiva ruralización que prepara el terreno para el vacío demográfico (solo relativo) que la tradición historiográfica asocia a los siglos posteriores a la invasión musulmana de 711.
La repoblación altomedieval y el origen de los pueblos del valle
El condado de Castilla y los foramontanos
El proceso que da origen a los actuales pueblos de La Valdavia (y, con ellos, a Ayuela) se inscribe en la gran repoblación altomedieval del norte de la Meseta. A finales del siglo VIII y comienzos del IX, aprovechando la debilidad del emirato de Córdoba, grupos de pobladores procedentes de la Cornisa Cantábrica (los llamados foramontanos, es decir, "gentes de allende los montes") comenzaron a descender hacia los valles despoblados situados al sur de la cordillera, realizando presuras de tierras, restaurando iglesias y recuperando molinos abandonados.
Este movimiento repoblador, protagonizado en sus primeras fases por abades y familias notables más que por iniciativa regia directa, fue el germen del condado de Castilla, creado a mediados del siglo IX, probablemente en tiempos de Ordoño I de Asturias, y cuyo primer conde conocido fue Rodrigo. En su momento de mayor extensión, el condado llegó a abarcar la mitad oriental de la actual provincia de Palencia, precisamente el área en la que se sitúa La Valdavia.
El Castillo de Agüero y la repoblación del valle
La repoblación concreta del valle del Valdavia se dirigió desde el castillo de Saldaña, cabeza de la comarca, a través del castillo de Agüero, situado en Buenavista de Valdavia, veinticuatro kilómetros río arriba. Fue desde esta fortaleza —erigida a finales del siglo IX o comienzos del X, en tiempos de Alfonso III de Asturias y de su nieto Ramiro II— desde donde se ofreció protección a las familias de foramontanos que, abandonando su refugio en la Cornisa Cantábrica, fueron poblando de forma escalonada las orillas del río Valdavia.
Estos antiguos poblamientos son el origen de la mayoría de los pueblos que actualmente jalonan las orillas del río Valdavia, los cuales aún mantienen el nombre en muchos casos, de los fundadores. (Wikipedia, Castillo de Castrillo de Villavega)
Este dato resulta especialmente revelador: buena parte de la toponimia actual de la comarca —Villabasta (de Abastas), Villamelendro (de Melendro), Villaeles (de Félix), Villasila (de Cíxila) o Villanuño (de Nuño)— conserva literalmente el nombre del cabeza de familia o pequeño señor que lideró la presura y fundación de cada núcleo en torno a los siglos IX y X. Se trata, por tanto, de una repoblación de base familiar y campesina, apoyada militarmente por la línea de castillos que, desde Saldaña, vigilaba el valle y sus pasos estratégicos —entre ellos el castillo de Castrillo, erigido para proteger el vado del Valdavia y flanquear al de Agüero frente a posibles incursiones—.
Primera mención documental de Ayuela
En este contexto de repoblación y organización condal se sitúa la primera aparición de Ayuela en la documentación conservada: el municipio está mencionado ya en textos del siglo XI (en concreto en una docanción registrada en el Becerro Gótico del Monasterio de Sahagún fechada en mayo de 1079) lo que lo sitúa entre los núcleos consolidados de la comarca en el momento en que el territorio, tras la repoblación altomedieval, se integra plenamente en la organización condal y, después, en la del reino de Castilla y León. Este dato documental enlaza a Ayuela con el proceso general descrito: un pueblo nacido de la repoblación de los siglos IX-X que, dos siglos más tarde, aparece ya como entidad consolidada en las fuentes escritas.
La comunidad de villa y tierra de Saldaña, dentro de la cual se articuló históricamente La Valdavia, tiene su origen en ese mismo momento fundacional: el gobernador de la comarca de San Román de Entrepeñas, Gómez, dio lugar al linaje de los Banu Gómez o Beni Gómez, cuyos descendientes —Diego Muñoz, primer conde de Saldaña, y sus sucesores— convirtieron Saldaña en el núcleo rector de todo este espacio hasta bien entrada la Edad Media.
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| Restos de la Torre del Monasterio de San Román de Entrepeñas, próximo al Castillo en el Brezo. |
Baja Edad Media y Edad Moderna: consolidación del valle
Con la amenaza de las incursiones musulmanas ya alejada hacia el sur y la progresiva decadencia del sistema feudal, muchas de las fortalezas que habían protegido la repoblación del valle —como el propio castillo de Castrillo— se hallaban ya deterioradas en el siglo XV, síntoma de que el territorio había alcanzado una estabilidad que ya no requería de ese aparato defensivo. La Valdavia se consolidó como valle agrario, articulado en torno a sus diez villas y varios despoblados, dentro de la jurisdicción eclesiástica del obispado de León y, administrativamente, del partido de Carrión.
El geógrafo Sebastián Miñano, en su Diccionario geográfico-estadístico de España y Portugal (1826-1829), describe ya La Valdavia como un valle de terreno montuoso regado por el río de su nombre, compuesto por las diez villas —entre ellas Ayuela— y sus despoblados, una descripción que confirma la pervivencia, prácticamente inalterada desde la repoblación medieval, de la estructura territorial y de poblamiento que había cristalizado siglos atrás.
Sobre este poso histórico se asienta la Ayuela documentada en época moderna y contemporánea: la iglesia parroquial de San Esteban, del siglo XVII, con retablos de los siglos XVI y XVIII; la ermita de San Juan en el casco urbano; y la ermita de Nuestra Señora de Rabanillo, compartida con las vecinas Tabanera y Valderrábano, dan testimonio de la vida religiosa y comunitaria de un pueblo que, ya en el siglo XVIII, sería cuna de una figura de proyección nacional: fray Antolín Merino de Bolea (1745-1830), agustino y erudito, heredero de esa larga tradición de asentamiento continuado que arranca, según la documentación disponible, en los castros cántabros de la protohistoria.
Síntesis cronológica
Periodo | Hitos principales en la comarca de La Valdavia |
Prehistoria (Paleolítico-Edad del Hierro) | Territorio de paso entre la Cordillera Cantábrica y la Meseta; ausencia de hallazgos publicados en Ayuela, pero entorno comarcal rico en yacimientos |
Protohistoria (ss. VIII-I a. C.) | Poblamiento cántabro (tamáricos); castro de La Loma (Santibáñez de la Peña); frontera con el territorio vacceo |
Guerras cántabras (29-19 a. C.) | Asedio romano al castro de La Loma; sometimiento definitivo del norte de la Meseta |
Época romana (ss. I-V d. C.) | Integración en la red de Pallantia, Pisoraca y Lacóbriga; auge posterior de las villae rurales |
Antigüedad tardía / visigodos (ss. V-VIII) | Ruralización y baja densidad de población; integración en el reino visigodo de Toledo |
Repoblación altomedieval (ss. IX-X) | Llegada de foramontanos cántabros; castillo de Agüero y de Castrillo; fundación de las villas del valle (Villabasta, Villaeles, Villasila, Villamelendro, Villanuño…) |
Consolidación condal y medieval (ss. XI-XV) | Primera mención documental de Ayuela (s. XI); organización en torno al condado y comunidad de villa y tierra de Saldaña |
Edad Moderna (ss. XVI-XVIII) | Construcción de la iglesia de San Esteban; vida parroquial consolidada; nacimiento de fray Antolín Merino (1745) |
Conclusión
La historia del entorno de Ayuela de Valdavia ilustra con claridad un patrón común a buena parte del norte de la Meseta castellana: un territorio de frontera —entre cántabros y vacceos en la protohistoria, entre el mundo cristiano del norte y el vacío altomedieval del sur más tarde— que actúa como corredor de paso y, por ello mismo, como espacio de asentamiento estratégico en cada época. El castro cántabro de La Loma y la línea de castillos altomedievales de Agüero y Castrillo son, en ese sentido, dos expresiones sucesivas de una misma lógica territorial: el control del valle del Valdavia como vía de comunicación entre la montaña y la llanura.
Ayuela, documentada ya en el siglo XI, es heredera directa de ese proceso: un pueblo nacido de la repoblación campesina de los siglos IX y X, protegido en su origen por el castillo de Agüero, e integrado desde entonces en la historia común de La Valdavia y de la comunidad de villa y tierra de Saldaña, hasta desembocar en la Ayuela de la Edad Moderna y contemporánea que hoy conocemos.





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